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La crueldad del pedófilo

Hace unos días, una mujer que fue víctima de explotación sexual durante su infancia salió de nuevo a la luz pública buscando venganza contra las activistas que la rescataron hace años de amenazas de muerte e incluso del encarcelamiento. Mientras fue víctima de una poderosa red de pedófilos que durante una década compraron, vendieron y violaron a más de 200 niñas y niños de entre cinco y 13 años y que producían pornografía infantil, ella se vio forzada a llevar a su hermanita pequeña y a sus primos, todos menores de ocho años, a las manos del líder criminal. En el momento en que lo hizo no tenía opción, había sido cooptada y torturada psicológicamente con los métodos que acostumbran los pedófilos criminales. Años más tarde, se convirtió en heroína cuando denunció, aunque su hermana y sus primos nunca la perdonaron. Pero en el momento en que pudo decidir seguir adelante con su propio proceso terapéutico de sanación, protegida, acompañada por expertas, recibió una oferta económica de su principal agresor, en cuanto lo visitó en la cárcel se reconectó con la relación patológica y dio un viraje en sus declaraciones, que casi le cuestan la vida a varias personas. Durante años esta mujer, que ya ha tenido opciones para sanar y redimirse, sigue enganchada con sus abusadores, con el condicionamiento con que la entrenaron durante los años de abuso, un condicionamiento para prostituirse en todos los sentidos. Para vivir en la amoralidad, incapaz de distinguir entre el bien y el mal, ha declarado que su peor villana es quien le salvó la vida y logró que su violador fuera encarcelado y sentenciado. Afortunadamente es la única de casi todas esas víctimas que quedó enganchada, atrapada en su trauma, sin poder salir de la dinámica destructiva.

Esta historia nos recuerda que no es sólo la impunidad lo que causa depresión, ansiedad, ira, desesperación y decepción en las víctimas de delitos denunciados y no castigados. Hay elementos más profundos de los que no solemos hablar al discutir la justicia; uno de ellos es el condicionamiento producido en las víctimas acostumbradas al poder de su agresor, imposibilitadas de convertirse en sobrevivientes.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE LYDIA CACHO: EL NIÑO DE LA GUERRA

Rescatar a las víctimas de pornografía infantil es probablemente una de las cosas más difíciles que existen dentro de la defensa de los derechos humanos, no solamente porque se necesita un intervención costosa, de largo plazo y especializada que integre a las y los familiares de las víctimas, a las autoridades, a especialistas en salud mental y física, expertas en psicología infantil; además hay que tomar en cuenta el impacto que cada victimario tiene sobre sus propias víctimas. Es muy común el desarrollo del Síndrome de Estocolmo, en que la víctima comienza a sentir agradecimiento con su agresor por tratarla con cierta bondad en medio de las agresiones, pero este síndrome no solamente responde a un comportamiento condicionado, es bastante más complejo. Cuando el abuso sucede consistentemente el sistema límbico de la víctimas queda afectado, la manera en que estructuran su memoria emocional y sentimental queda trastocada por el tipo y constancia de las agresiones y por la inmadurez natural en niñas y niños.

Miles de víctimas de trata de personas, en particular para la esclavitud sexual en la que se integran la pornografía y la explotación sexual infantil y juvenil, quedan trastocadas de manera casi irremediable si la intervención especializada no incluye la justicia integral, que implica el reconocimiento del daño ocurrido, la no culpabilidad de la víctima y la justicia restaurativa que tiene que ver con el reconocimiento público y privado del abusador frente a su víctima. Los juicios, por ello, van mucho más allá de que un jurado sentencie a un agresor, se vinculan directamente con el proceso psico-emocional de las víctimas y sus defensoras. Hay un elemento fundamental en el reconocimiento de la inocencia de la víctima, del no merecimiento de la violencia recibida, de la anormalidad del crimen que se cometió contra él o ella, y muchas veces una imperante necesidad de tratamiento psiquiátrico especializado que, cuando la víctima adulta se niega a recibirlo, le impedirá ser sobreviviente, no necesariamente por falta de voluntad, sino por la ausencia de resiliencia natural y de habilidades cognitivas para elegir lo que es mejor para ella.

Los procesos traumáticos son profundos y la impunidad los agrava, a veces fortalecen a quienes claman justicia, a veces causan ira y hartazgo, a veces provocan depresión y suicidio. Otras veces hacen que las víctimas, trastocadas de por vida por sus violadores, perdonen a todos menos a quienes les sacaron del infierno. Por eso nadie debe darse por vencida hasta que los protocolos de atención a víctimas estén a la altura de las circunstancias de cada víctima de trata y de la protección de las activistas que las ayudan a enfrentar el infierno causado por las redes mafiosas.



Lydia Cacho

Sus libros han recibido más de cuarenta premios internacionales. Autora de "Los demonios del Edén", "Esclavas del poder" y "Sexo y amor en tiempos de crisis", entre otros. Vive en México, a veces la corretea la policía por decir la verdad.


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