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Max Ramos, el bibliópata de la Juárez

Max Ramos lleva más de 25 años vendiendo libros y es el responsable de que existan dos de las librerías y espacios culturales más importantes de la ciudad, la Jorge Cuesta y el Burroculto

“Empecé de librero-mochilero, compraba libros en tianguis, bazares y ventas de garage. Los libros se fueron repitiendo, y al repetirse los fui tratando de colocar con otros amigos lectores. De pronto, me pedían algún ejemplar que ya había vendido. Entonces, además de buscar mis libros, empecé a conseguir materiales para otros camaradas”, cuenta Max Ramos.

En ese tiempo, Max, uno de los libreros de viejo más importantes de la ciudad, no tenía más de 23 años y aún faltaba casi un cuarto de siglo para que la Jorge Cuesta —librería de culto ubicada en la Juárez— abriera al público.

“Yo soy hijo del estado, por lo que viví en internados del gobierno. Al salir de ahí, tenía una muda de ropa, un cuarto que rentar y un trabajo de obrero. Cuando no trabajaba, buscaba mis libros. No tenía muchos centavos, así que cazaba tomos muy baratos. Tal vez por eso le tengo tanto afecto a los libros de puntapié y los libros callejeros que están al borde del desahucio”.

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Un vendedor original

Un día, Max puso en su mochila un letrero de compra y venta de libros, y en el metro, en el transcurso de Chabacano a Pino Suárez, podía vender un par de ejemplares, cuya ganancia le permitía “sacar para una torta, un periódico y otros dos libros que a su vez podían ir rotando”.

A veces los intercambiaba, y un día tuvo que desviase e ir hasta Pantitlán porque a una chica le faltaban las últimas tres páginas de un libro y le pidió que la esperara antes de hacer el trueque. En otra ocasión, Max cambió un paquete de libros por unos zapatos que no le quedaban a un hombre.

Antes de los 25 años, Max ya tenía una biblioteca conformada por 6, 000 volúmenes. “Esas experiencias me dieron pie a ser un librero anormal para el momento en que abrí la primera librería, en diciembre de 1999. Me convertí en un librero que intercambiaba, rentaba y prestaba libros; los intercambiaba por objetos y a veces llegaba un grupo de niños con sus peluches y me los dejaban a cambio de libros”.

“En los libreros también tenían cabida los objetos. Me di cuenta de que una cazuela de peltre se podía ocupar para colocar libros esbeltos, como si se tratara de una olla de frijoles; la gente podía preguntar por esos ‘frijoles’ o por la cazuela entera. Si un lector se tropieza con siete plantas de sombra, siete paraguas o siete sombreros viejos, lo más probable es que también pregunte por ellos. Entonces, nosotros le podemos preguntar si conoce, por ejemplo, el libro de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, y así la gente se engancha. En la actualidad, muchas librerías cierran y nosotros tenemos que estar más abiertos al contacto humano y al trato con las personas”.

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La Jorge Cuesta

“El espacio de la librería es pequeño y un poco laberíntico; abrió en 2011, con 40 000 volúmenes, y desde entonces nos ha llegado un caudal de libros, por lo que tuvimos que crear el Burroculto, una librería secreta, escondida en el barrio de La Roma, donde se encuentran las primeras ediciones, los libros firmados y los más antiguos”.

El Foro del Nigromante es un pequeño espacio de la librería Jorge Cuesta, reservado para presentaciones de libro, muestras gastronómicas, talleres literarios, exposiciones y la reunión de mezcólatras.

“No descansamos ni un sólo día del año, y si hubiera un día más en el calendario, también abriríamos ese día”, dice Max para concluir.

Fotos: Cortesía



José Quezada

(Ciudad de México, 1988) Escritor, editor de la revista Moria y coorganizador de Lateralia. Festival de edición independiente. Devoto de los gatos, Thomas Bernhard, Andréi Tarkovski, Ingmar Bergman, Bill Hicks y J.S. Bach.


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