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La marca de la marca

Avelino Sordo Vilchis.- No me parece que tenga bases sólidas el arraigado cuento de que a los indios de México los conquistadores los engañaban con cuentas de vidrios de colores. Es más bien una especie de autorretrato —una proyección— de los baturros, cuya desbocada ambición los podía cegar al grado de confundir vidriantes con diamantes, mientras los indígenas valoraban los granos de cacao, que en nada se parecen a las cuentas de vidrio, lo que hace improbable el engaño. Más allá de su origen discriminatorio, se trata de un dicho que aplica cuando se quiere señalar a quien, ignorando el verdadero valor de las cosas, se deja engañar (deslumbrar) por el brillo y el oropel.

Quizá buscando ser congruente con la canción insignia-himno-símbolo, el director de la marca ciudad (no podemos negar que los naranjas salieron muy buenos para inventar cargos, algún talento habrían de tener), mostró su alma de provinciano y de inmediato compró las cuentas de vidrio que le ofrecieron unos hombres blancos. Su idea es organizar una exposición de un famoso fotógrafo de socialités y otros parásitos en el Instituto Cultural Cabañas, con el explícito propósito de promover internacionalmente lo que han dado en llamar «la marca ciudad». La cuenta, poco más de 3,4 millones de pesos, la paga la ciudad.

David Lachapelle es famoso por sus fotografías que buscan ser escandalosas sólo hasta el punto en que sean vendibles y cuyos valores dependen más de su habilidad para fusilarse los hallazgos de otros artistas que de sus propias aportaciones artísticas. No se trata de alguien que goce de un prestigio como fotógrafo artístico, como podría ser el caso de Jan Saudek, por mencionar alguien que también recurre a las grandes producciones para realizar su obra. Para dejarlo en claro: los seguidores de David Lachapelle no son estetas, diletantes o expertos en arte, sino gente como Paris Hilton o las Kardashian o la mismísima Ivanka Trump.

Aun si hiciéramos a un lado el hecho de que programar tal exposición en el Instituto Cultural Cabañas representa una absoluta falta de respeto al significado cultural del inmueble, tenemos además que —y eso lo reconoce sin rubor su mismo promotor— se trata de la misma exposición (mencionó algo así como un 10% de obras «primicias») que se presentó en 2009 en el Museo de las Artes. Y aquí un signo desalentador que no supo ver el inefable director de «marca ciudad»: Delirios de la razón (así se llamaba la exposición) no dio fama internacional ni al Museo de las Artes ni a la Universidad de Guadalajara, ni a Guadalajara, ni…

La clase política vive en su realidad alternativa donde las cosas son como ellos quieren. Sin embargo, el mundo real funciona de otra manera: ahí, por ejemplo, las exposiciones sirven para promover a los artistas o a sus obras. En mis más de treinta años de andar en estos trotes es la primera vez que escucho el despropósito de que se va a organizar una exposición en Guadalajara para promover internacionalmente a Guadalajara. Y para acabarla de joder nos topamos con la lamentable actitud y la pobreza argumental de la «oposición»; y es que entre la combativa priísta y el acomodaticio panista no se hace uno: ambos son de pena ajena.

¿Hasta cuándo seguirán adquiriendo vidriantes con nuestro dinero?




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