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La segunda caja del “OROXXO”

Cristian Zermeño.- Llegué con todo el interés que pude confeccionarme. Aproveché mi relampagueante visita a la Ciudad de México para visitar una exposición-instalación que ha despertado el morbo en ese universo hecho a mi medida que son las redes sociales. Caminé de la estación del Metro Constituyentes al edificio más bien austero que descansa en el número 94 de la calle Gobernador Rafael Rebollar.

Ahí estaba la ya mítica galería Kurimanzutto, la no va más de ese peculiar objeto-concepto llamado arte contemporáneo. Y ahí estaba, en su interior (me imagino) el famoso OXXO creado ex profeso por el artista Gabriel Orozco, y que se supone estaría abierto durante 30 días seguidos. En su interior, el artista mexicano más famoso del mundo (lo que sea que eso signifique) intervino 300 etiquetas de 300 objetos que normalmente encontraremos en todas las tiendas de la conocida cadena regiomontana.

Estas ya famosas etiquetas están diseñadas bajo un criterio “gráfico geométrico”, que el propio Gabriel Orozco, según sus propias palabras, ha venido trabajando tiempo atrás. Estas etiquetas, de estos selectos 300 productos podrán adquirirse en una serie del 1 al 10, según la demanda de los coleccionistas-consumistas hasta llegar a una máxima cantidad de 3 mil objetos tocados por el artista, que nos indica en el prólogo de la exposición su declaración de intenciones: “Traté de encontrar una lógica de producción, distribución y consumo que inserto (o injerto) en la funcionalidad de un OXXO típico”.

Hasta aquí todo se encuentra bajo los parámetros del arte contemporáneo. Esta obra de Orozco, como muchas en el mundo, se encuentran bajo el mismo sino “rompedor”, “revolucionario” y “conceptual” que hace exactamente un siglo, un artista llamado Marcel Duchamp trazó para el arte, al inscribir un mingitorio en una exposición en Nueva York. El problema es que ese gesto siempre fue considerado por el propio artista-ajedrecista como una broma, que tendría, sin embargo, una repercusión en la producción artística del futuro.

Carlos Granés escribió en su ensayo sobre las vanguardias artísticas El puño invisible, los equívocos que fueron convirtiendo al arte de ser un agente provocador de revoluciones filosóficas y hasta políticas, en un producto inocuo sujeto a la oferta y la demanda y con un mensaje sobreinterpretado, cuando no falaz. “Hoy en día, muchos artistas dedican más tiempo a desarrollar la teoría o el discurso que enmarcará sus obras que las obras mismas”.

En esta narrativa creada para enmarcar las obras del arte contemporáneo, los redactores (doctorantes de Sociología del Arte o derivados) construyen un mensaje que al tiempo que obvia la obra descrita la oculta bajo una terminología, más que críptica, delirante. En el “OROXXO” lo que suponemos que veremos no es lo que veremos, sino lo que la galería señala que veremos a fuerza de repetirlo. Y lo sintetizan en su página web, como “una lectura icónica del mercado simbólico del México contemporáneo”.

El capital simbólico del que hablaba Pierre Bourdieu no tenía nada que ver con una armadura intelectual para explicar los exabruptos del arte, sino para desnudar las propias obras de significados y darnos cuenta que lo que apreciamos no es una visión original del mundo sino una disputa entre los que pueden acceder a esa significación (unos pocos, por supuesto) y los que simplemente no entienden nada. De lo que el espectador se apropia, dice Bourdieu en La distinción, no es de una obra de arte, sino “del gusto verdadero por ese objeto”.

Al llegar a la exposición de Gabriel Orozco, sin embargo, la realidad jugó con mi capacidad de reinterpretar-resignificar, porque en la puerta había un escueto letrero, escrito por computadora, que advertía que la galería estaba cerrada “excepcionalmente este lunes 13 de febrero”. Como suele pasar en México, la vida es mejor que el arte, y como en la mayoría de los OXXOS del país, simplemente la segunda caja nunca está abierta, para bien o para mal.




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