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El Honorable Hugo y las nalgas de las muchachas

Vanesa Robles.- Este quiso ser un espacio público. Gracias a todos los que transitaron por él y estuvieron de acuerdo o en desacuerdo con mis ideas. Ese era el chiste. Gracias a los editores que defendieron estas páginas, a veces incorrectas. A los que siguen defendiendo la libertad de los que piensan distinto, a ellos Gracias.

Las nalgas de la Belinda, la Teresa, la Karla y la Diana quedan justo a la altura de la cabeza del Honorable Hugo. Pero más que en la milésima edición de una revista de mujeres encueradas, él muestra interés por la vigésimo novena transmisión de un capítulo de La Familia Peluche, que el Canal de las Estrellas transmite en un televisor análogo, de 15 pulgadas.

El Honorable Hugo ha hecho de la pornografía la mitad de su oficio de 25 años, como propietario y dependiente de un puesto de periódicos de lámina blanca. Si hubiera que dar un domicilio habría que decir que su oficina está a la mitad de una calle polvosa, en el oriente de la ciudad, a la que uno llega siguiendo lo que promete ser la Línea 3 del Tren Ligero. Habría que decir que es un quiosco a la antigua, muy bien surtido. Que su propietario no hace apología de la pornografía, pero tampoco envuelve la portada de la Play Boy, la Chambeadoras, la Erótico México y la Maxim en las bolsas negras de la hipocresía. Que la otra mitad del puesto ofrece materiales para toda la familia, pero sobre todo para las mujeres interesadas en tejer chambritas. Que don Hugo lamenta sinceramente que la revista Susana, de corte y confección, está a punto de tirar la lona, porque ya nadie la compra.

En pocas palabras, el puesto del Honorable Hugo es para mujeres muy tradicionales de la mitad izquierda para acá y para hombres muy tradicionales de la mitad derecha para allá. Mientras unas tejen, otros aprovechan para mirar mujeres ajenas con grandes nalgas y pocas ropas.

La silla del dueño está donde las muchachas. “Es para no aburrirme”, dice él con el permiso que dan 60 años de vida y 25 de oficio en la cuestión editorial. Miente: para no aburrirse es La Familia Peluche. Las muchachas de tangas rosas y brassieres atigrados son para comer.

Con todas y todas, es Honorable.

Si una le pregunta cuánto cuesta la maqueta del Halcón Milenario que ofrece en su puesto, él menea la cabeza para desaprobar. “Yo calculo que unos trece mil. ¡A poco no son chingaderas en estos tiempos!”, dice por fin. “No se la aconsejo. Si se pierde una sola revista, su nave queda chueca, incompleta o no se puede armar. No me la compre”.

Si el hijo pequeño de una —que no muestra interés por el porno— pide una revista infantil que en la portada anuncia al protagonista de una serie infantil, Hugo abre la revista y sugiere que una se la muestre al niño, no vaya a ser que luego se decepcione porque ya ve usted que las portadas son para vender. Si una quiere hacer tiempo mientras el niño se decide, el Honorable presta el periódico del día. Si una quiere ver una revista de corte y confección, el hombre, se lamenta, putea y se echa y un discurso sobre el sistema de consumo y la industria de la confección, que ya quisieran muchos activistas.

Luego se rasca las canas, se sienta con la cabeza a unos centímetros de las nalgas propositivas de la Sandra, le pregunta al de un niño si encontró al mono de la portada en el interior de la revista infantil y se mete de lleno en La Familia Peluche. Como una no tiene cambio, una le queda debiendo cinco pesos al Honorable Hugo.




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