array(1) {
  [0]=>
  object(WP_Term)#8871 (16) {
    ["term_id"]=>
    int(78)
    ["name"]=>
    string(3) "GDL"
    ["slug"]=>
    string(13) "maspormas-gdl"
    ["term_group"]=>
    int(0)
    ["term_taxonomy_id"]=>
    int(78)
    ["taxonomy"]=>
    string(8) "category"
    ["description"]=>
    string(0) ""
    ["parent"]=>
    int(0)
    ["count"]=>
    int(4671)
    ["filter"]=>
    string(3) "raw"
    ["cat_ID"]=>
    int(78)
    ["category_count"]=>
    int(4671)
    ["category_description"]=>
    string(0) ""
    ["cat_name"]=>
    string(3) "GDL"
    ["category_nicename"]=>
    string(13) "maspormas-gdl"
    ["category_parent"]=>
    int(0)
  }
}
 

El (primer) detective mexicano

Juan Fernando Covarrubias.- En la novela policial (o criminal) la referencia del crimen aparece en las primeras páginas (incluso, a veces, desde el primer párrafo) y sólo al final se descubre el móvil y el nombre del asesino. Las novelas de detectives, e incluso el thriller, ponen en marcha mecanismos semejantes a la trampa que se pone al ratón: el queso mostrado, el señuelo es solamente la punta del iceberg de un descubrimiento mayor. O al contrario. Pero en ningún caso se resuelve la incógnita de un modo sencillo. A veces es necesario disponer uno, dos, tres o hasta cuatro quesos para dar con la identidad de quien se busca.

La literatura policial o de detectives tiene magníficos representantes en Sherlock Holmes (de Joseph Conrad) y en Monsieur Dupin (de Edgar Allan Poe). A los que se han ido sumando más nombres para engrosar la tradición: el padre Brown (de Chesterton), Hercule Poirot (de Agatha Christie) y Camille Verhoeven (de Pierre Lemaitre); y en nuestra geografía Héctor Belascoarán Shayne (de Paco Ignacio Taibo II), el periodista Casasola (de Bernardo Esquinca) y, por supuesto, el detective Filiberto García (de Rafael Bernal), quien, a riesgo de equivocarme, tal vez es el primero en la tradición del género en nuestras letras.

Filiberto García protagoniza El complot mongol, novela publicada en 1969 y ya un clásico de la literatura mexicana. Inmerso en un caso que involucra a seis países: Estados Unidos, Rusia, Cuba, la China comunista, Mongolia y México, García es un detective de los de antes: de ésos que están hechos para tirar bala y después hacer confesar al muerto. A punta de pistola establece la relación entre la ley y la verdad para lo cual sólo obedece órdenes: “Nosotros estamos edificando a México. Usted para esto no sirve. Usted sólo sirve para hacer muertos, muertos pinches”.

El móvil que desata la acción en El complot mongol es la presencia del presidente de Estados Unidos en México, en visita diplomática y a quien, según informes, planean asesinar. García, por consiguiente, ha de dar con quienes planean cazarlo. En ese viaje lleno de intrigas y muertos traba amistad (por conveniencia mutua) con un gringo, un ruso y se enamora de una china, Martita; las mujeres son el punto débil de García, y tal debilidad podría echar por la borda su trabajo y ser él, entonces, el muerto pinche.




Todos los derechos reservados de Más Información con Más Beneficios S.A. de C.V. Queda prohibida la reproducción de estos contenidos sin autorización previa. Contacto: editorial@mpm.mx

POLÍTICAS DE PRIVACIDAD