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En la cima de la Ciudad de México

Si te vas por la carretera federal a Cuernavaca, pasando Topilejo y antes de llegar al paraíso quesadillero de Tres Marías, vas a encontrarte con el pueblo de Parres. Es el último rincón de la delegación Tlalpan. Es tan chiquito que por años ni siquiera
alcanzó la categoría de “poblado”. Para que te des una idea, hasta 1997 no tuvieron servicio de teléfono y en 1998 al fin construyeron una escuela secundaria.

En la transición entre los siglos XIX y XX se construyó la línea de ferrocarril México-Cuernavaca. En Parres había una estación: La Cima. Según la tradición oral, en los años de la Revolución hubo ahí un campamento zapatista. Que estuviera ahí ayudó a que Parres se ubicara en el mapa y que, más tarde que temprano, les pusieran los servicios indispensables.

Salvador Núñez fue un hombre que dedicó su vida a los ferrocarriles. En 1997 iba a cumplir medio siglo como jefe de estación, pero en ese año el gobierno cerró la línea C62, en la que él trabajaba. Ante la jubilación forzosa, consiguió que le dieran un vagón —que de otro modo hubiera terminado como material de desecho— e instaló un pequeñísimo museo en La Cima, cerca de donde estaba la estación de trenes. Ahí puso fotografías y objetos relacionados con la historia ferrocarrilera en México y con sus propios recuerdos. Él vivía ahí, solito, como parte de la mínima estadística de habitantes de La Cima.

Sin embargo, Salvador murió y el museo fue cerrado. Ahora sólo queda el vagón, que de todos modos es muy bonito y vale la pena la visita, ya sea por curiosidad histórica o para contemplar el espectacular paisaje boscoso, que ya en sí es inesperado: aquí hace mucho frío y en invierno llega a nevar. Nada que ver con nuestros perpetuos 25 grados que se alcanzan en el centro de la Ciudad de México.

Cuando convirtieron la línea del ferrocarril en la primera ciclovía de la ciudad, en 2004, los ciclistas más aventurados llegaban hasta acá. En La Cima ahora hay un área de acampar e instalaciones deportivas. En Navidad venden arbolitos naturales. Hay varios pretextos para ir, pero no hay que dejar de ver lo que fue uno de los museos más pequeños del mundo.



Tamara de Anda

Estudió Comunicación en la UNAM, pero en realidad aprendió a escribir en los chat rooms noventeros y luego en los blogs. Es tan fan de la Ciudad de México que tiene el mapa del Metro tatuado en el brazo.


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