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Atracones por ansiedad y la ciudad

Atracones sin medida

Comer mucho, rápido y varias veces a la semana son signos de un problema de alimentación que ya empieza a manifestarse en los chilangos.

ARTE: ANDREE ÁVALOS

Ocurre que algunas veces, Emiliano Hernández, chilango que reside en Coyoacán, está triste. En otras ocasiones se siente solo. También es frecuente que tenga episodios de ansiedad. Cuando se enfrenta a cualquiera de estos estados de ánimo, aplica la misma cura para eliminar su malestar: “Compro un kilo de limones y unas diez bolsas diferentes de papitas, porque me gusta que cada papa tenga un sabor distinto. Las vacío en un bowl grande, exprimo los limones y agrego picante. A veces lo acompaño con refresco. Me pongo a caminar en el departamento, con el tazón en la mano, hasta que se me pasa, me tranquilizo”.

Si la ansiedad le sobreviene de noche, compra en pleno barrio coyoacanense mucho pan, no menos de diez piezas. “Muerdo una y luego otra, así, hasta que me las acabo todas. Otras veces, puedo acabarme una caja entera de chocolates. Si me siento mal anímicamente, me causa placer”.

No existen estadísticas sobre cuántas personas en la Ciudad de México presentan Trastorno por Atracón (TA), sin embargo, entre 25 y 30% de la población obesa lo padece, de acuerdo con Xóchitl López Aguilar, especialista del Laboratorio de Trastornos del Comportamiento Alimentario de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala.

Este trastorno de la conducta alimentaria, que en 2013 fue incluido en la quinta edición del Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales (DMS-5), se caracteriza por el consumo de grandes cantidades de comida, en un lapso corto, con una frecuencia que va de una a cuatro veces por semana.

“Para no sentirme mal, trato de que el placer dure lo más posible. De ahí que compre una gran cantidad de pan y papas”, dice Emiliano, un joven de 30 años de físico delgado. “De hecho, no todas las personas que padecen TA son obesas, ni todos los obesos comen de manera compulsiva y con ansiedad”, advierte Cecilia Silva, especialista en trastornos de la alimentación de la Facultad de Psicología de la UAM.

Una suma desfavorable

El estrés cotidiano, la soledad y la depresión son sensaciones que se presentan junto con el TA, es decir, son enfermedades adicionales a este trastorno primario.
Sin embargo, de acuerdo con Xóchitl, los hábitos también juegan un papel importante en el desarrollo del síntoma: “Las personas aprenden que a través del alimento se pueden mitigar los malestares emocionales, aunque sea momentáneamente”.

En esto coincide Cecilia Silva, quien advierte sobre la vinculación entre la compulsión por comer, y algunas costumbres que se crean en la familia: “Tenemos malos hábitos en lo que concierne a la comida. Cuando un bebé llora, es común que le den un chupón o una golosina. Generamos en los niños la asociación de que comer algo dulce significa placer. No importa cuál es el motivo de tu situación de malestar: se soluciona llevándote algo a la boca”.

Si bien el TA se presenta entre los 12 y los 25 años, la doctora Silva advierte que cada vez es mayor su presencia en niños desde los ocho años.
“Hasta hace un tiempo, el trastorno era frecuente en la adolescencia y la juventud, pero de unos cinco años a la fecha, hemos encontrado niños más pequeños y adultos de mayor edad que tienen los síntomas”.

Para la especialista, la regulación de las emociones es clave para aminorar la compulsión por comer desmedidamente: “Desde niños, regulamos emociones y conductas ante determinadas situaciones. Aprendemos a distinguir qué sentimos ante ciertas circunstancias y cómo reaccionamos ante ellas. Algunos lo hacen comiendo”.

Por eso, la doctora Silva recomienda que en caso de que una persona consuma alimento en grandes cantidades, muy rápido, sin hambre, y en situaciones de ansiedad, estrés o depresión, se atienda en una terapia psicológica, pues no es un problema sólo de nutrición. En algunos casos, el tratamiento es complementado con medicamento para combatir los síntomas depresivos o ansiedad.

Esta necesidad de comer sin límites durante los episodios de ansiedad no es una adicción. “El mecanismo es similar, pero no podemos considerar el trastorno como tal”, explica Cecilia Silva. Por su parte, Xóchitl López aclara que las adicciones tienen dos componentes: dependencia fisiológica y psicológica. En un caso de TA, la persona únicamente presenta dependencia psicológica, por lo que no se puede hablar de una adicción en estos casos.

Tentaciones a la vista

En la Ciudad de México, la oferta gastronómica alta en grasa, que está presente en la mayoría de los puestos de comida, y la costumbre del paladar a ciertos ingredientes pueden facilitar que este problema aparezca. Dante Ortiz, experto en nutrición, asegura: “Por prisa, por economía o por cultura, la gente come alimentos que considera sabrosos, porque así está acostumbrado su paladar, pero son altamente calóricos: un tamal tiene de 700 a mil calorías. Si va entre dos panes y frito, alcanza las mil 200. Agrégale el atole y son 300 calorías más”. Sin embargo, en un día, el consumo de calorías no debe rebasar las 2000.

En cifras:

  • 1,500 calorías se llegan a consumir durante un episodio de atracón por ansiedad.
  • 3 meses de atracones tienen que pasar para diagnosticar que los  pacientes tienen TA.
  • 25 años es la edad en la que se registran más casos de trastornos por atracón.


Periodista


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