15 de diciembre 2016
Por: Tatiana Maillard

Cómo encantar un escenario

Después de 21 de años de experiencia, la cantante de jazz Ingrid Beaujean logró la habilidad de leer al público y conectarlo con su música

Después de 21 años de experiencia, la cantante de jazz Ingrid Beaujean ha logrado la habilidad de leer al público y conectarlo con su música.

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

Ella lo sabe. Sabe quién asistió al concierto por gusto y quién lo hizo a la fuerza. Se da cuenta de quiénes disfrutan de la música y quiénes creen que el jazz es únicamente el fondo musical para su conversación y su ingesta de bebidas.

Ingrid Beaujean lo sabe porque desde el centro del escenario, donde hace explotar su voz, observa al público y lee sus expresiones físicas: el que tiene la cabeza apoyada con pesadumbre sobre la palma de la mano, el que menea la cabeza al ritmo de los instrumentos de viento y metal, el que tiene expresión de no saber qué hace ahí.

Pero además de lo que expresa el cuerpo, Beaujean pone atención a lo que expresan los aplausos.

“El público mexicano es muy generoso— dice Ingrid, cantante de jazz, compositora, integrante, junto a su hermana gemela (Jennifer) del Beaujean Project y exintegrante de la Big Band Jazz de México—. Es un público que, aunque no le guste lo que escucha, va a aplaudir”.

Basta un aplauso desganado para saber si existe sintonía entre la banda y el público.

Ingrid canta jazz porque en ningún otro género se ha sentido cómoda. Cuando era adolescente tomaba clases de canto en las que le enseñaban a interpretar pop y a mostrar destreza en el manejo de la voz. Las canciones no le significaban nada. Si cantar era interpretar canciones de Whitney Houston, ella prefería salir a jugar fútbol.

Dejó de cantar por cuatro años. Estudió composición en la Escuela Nacional de Música de la UNAM.

Pero no fue sino hasta que volvió al jazz, que Ingrid sintió como si hubiera vuelto a su origen. Mujeres jazzistas como Sara Vaughan o Anita O´Day influyeron para que descubriera que esto le gusta cantar.

Y entonces sí, desde los 19 hasta los 25 años fue parte junto a su gemela de la Big Band Jazz de México. No fue su primer acercamiento con el género: cuando ambas eran niñas interpretaron coros en los conciertos de su tía, la cantante Magos Herrera.

Pero eso fue hace mucho tiempo e Ingrid dice que no tenía mucha conciencia de aquello que hacía sobre el escenario. En su infancia, cantar era un juego, no la interpretación de un género musical. Y el juego siguió, pues la madre de las hermanas Beaujean las llevó a programas televisivos de concursos de talentos. Y luego, vino el miedo de la madre, porque “los cantantes se mueren de hambre”.

—¿Lo hacen?

—¡Ná!

Ingrid menea su cabeza en negativa. La música no tiende hacia la muerte. Es una cosa viva y vibrante.

“Es una cuestión social—dice Ingrid, quien regresa al asunto del público y sus aplausos—. La música es algo que no solo ocurre en el escenario, sino entre la audiencia. Por eso, entre más sincero sea lo que le brindes a la gente, habrá mejor resultado”.

Aunque a veces, Ingrid lo sabe, la sinceridad no lo es todo. El público también espera la manifestación escénica de algunos clichés, “como que te disfraces de Frank Sinatra o de Jessica Rabbit —dice, mientras hace una mueca—. La grandes bandas de jazz lo hacen porque también es parte de su naturaleza complacer esta fantasía”.

Ella no complace. Se viste como quiere y se mueve en el escenario como le nace.

“Hay quienes me critican porque no me muevo en el escenario de manera histriónica, o porque les parece que mi vestido no es suficientemente bonito. ¿Eso qué tiene que ver con la música?”, dice.

Nada. Y en nada le preocupa a Ingrid. Desde hace algunos años lo que le interesa es su propia búsqueda musical en solitario. Porque después de las Big Bands y tras el proyecto musical con su hermana, ha decidido aventurarse por su cuenta.  En 2015, grabó su primer disco solista, Cuento, que incluye ocho canciones de su autoría. Con ello no espera la aprobación de nadie.

“Me abruma que la gente piense que para hacer música hay que ser súper original”. Ella no busca ninguna de estas cosas. Después de varios años, sabe que la ambición por llegar en lo musical hasta donde nadie más lo ha hecho, te puede llevar a un cuento de nunca acabar.

“Yo no quiero eso. Lo único que quiero es ser sincera”, dice.

Y en este ejercicio de sinceridad, Ingrid se pregunta qué busca en la música.

No es el escenario ni los disfraces de época ni la aprobación del público.

Es la intensidad y la sinceridad. “Mi intensidad es interna, me la guardo hasta el momento que debo liberarla en mis canciones. Y mi búsqueda no es más que cantar con toda honestidad”. También es el placer: “Ofrecer conciertos un mes, lo cual es muy cansado, me deja muerta, pero lo hago, porque es lo que me satisface”.

El cuerpo de Ingrid es su propio instrumento. La voz debe “colocarse” de manera que convierta al cuerpo, con todo y la vibración de sus huesos, en una caja sonora. En esto influye el ánimo. “Cuando mi temperamento es melancólico, mi voz es más grave. No son cosas que se expliquen: una canción nunca es interpretada de la misma manera porque no tenemos siempre el mismo estado de ánimo”.

Los ánimos cambian entre músicos, entre públicos y entre aplausos.

En cifras:

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