Pacho Paredes y como ha cambiado la CDMX desde su perspectiva
30 de marzo 2017
Por: Tatiana Maillard

DE LA VECINDAD AL MUSEO

Pacho, es director del Museo del Chopo, pero en los 80 fue baterista de la Maldita Vecindad. Su vida se transformó junto con la CDMX

Para Pacho Paredes, exbaterista de la Maldita, la CDMX ha madurado después
de años de control.

FOTOS: LULÚ URDAPILLETA

 

La ciudad y sus habitantes son espejismos que mutan. Ahora ya no te detienen por llevar el pelo largo, perforaciones en las orejas y chamarras de cuero, pero era algo que ocurría con frecuencia en los años 80 en la Ciudad de México.
    “Conmigo lo llegaron a hacer muchas veces”, recuerda José Luis Paredes Pacho, actual director del Museo Universitario del Chopo, ubicado en el corazón de la colonia Santa María la Ribera.
   Pacho fue, en los 80 y 90, baterista de la Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, una de las bandas mexicanas más destacadas de esa ola que se conoció como “rock en tu idioma”. Desde entonces le son familiares las calles de esta colonia.

“Nuestro cuarto de ensayos estaba en este rumbo. Era un barrio más bien rudo. También tradicional. Había muy poca gente que usaba chamarra de cuero y pelo largo. Quizá los de la Maldita éramos los únicos”.

Cuando se refiere a sí mismo, Pacho Paredes dice: “rockero”. Aunque ahora use una camisa de tono claro y pantalón de vestir y ya no cuelgue ningún arete de sus orejas. Este es el aspecto impecable y aliñado del director de una institución universitaria cultural, quien en otro tiempo, tocaba la batería, agitando la melena rizada.

“Empecé a tocar rock desde los 11 años. A los 13 lo dejé porque me parecía que era bastante limitado”. Estudió percusiones en la Escuela Nacional de Música, que se encontraba en la Casa de los Mascarones de Santa María la Ribera. Una casona del siglo XVIII que con el tiempo ha sido instituto científico, escuela de maestras, escuela de música, facultad de Filosofía, y ahora también, centro de lenguas extranjeras.

El tiempo no sólo erosiona, también transmuta los espacios. Ocurre con la Casa de los Mascarones y con toda la ciudad. Una metrópoli asfixiante en ese entonces, que no tenía cabida para los raros.

“Me sentía rechazado en la prepa, también en la Escuela Nacional de Antropología, donde estudié Historia. Ahí se impartía cierto marxismo doctrinal y desde luego, el movimiento obrero o campesino. No había lugar para estudiar cosas de los raros”.

Con “raros” se refiere al movimiento punk y rockero que no se gestaba en el corazón de la ciudad, sino en sus periferias.
      De una columna larguísima de libros y oficios que descansa sobre su escritorio, Pacho extrae una revista y la abre justo donde aparece un ensayo fotográfico.

“Esas fotos las tomé cuando iba a la escuela”. Una secuencia en blanco y negro de jóvenes en chaquetas de cuero, camisetas desgarradas, cabellos lacios de cortes asimétricos y cadenas que penden de las caderas, de los cuellos y de las muñecas. Eran los punks de los 80, los marginales de la ciudad perdida de Santa Fe, retratados en tocadas, o mientras vagan por las calles terrosas, en grupo o en solitario, recargados en muros grafiteados.

“Esta era una ciudad asfixiante, el lugar del régimen hegemónico y la vida social controlada. No podías abrir un foro rockero. Nos rechazaban por nuestra forma de vestir, por nuestras ideas y a la vez, mi generación se rehusaba a lo que nos imponían, porque era aburridísimo”, menciona.

Pacho hace una lista del tedio: “Los programas de televisión, el cine, los periódicos, la música de los bares y las cantinas eran ¡aburridísimos!”, menciona.

Cuando la ciudad te asfixia, rompes con los puños las barreras. No es casual que en esa época se creara el Tianguis Cultural del Chopo, sitio contracultural para comprar e intercambiar discos, libros o fanzines de “los raros”.

Pero también, la generación de los 80 se apropió de los espacios que eran escapes al control y las buenas costumbres.

Toda una camada de jóvenes de clase media acomodada se integró a la fauna nocturna de bares y pulcatas.

“Nuestros espacios estaban en el Centro Histórico. Íbamos al 41, la pulquería de Garibaldi y a La Perla. Todos eran lugares abandonados, con poco público. En cierta forma, nos daba una experiencia de ciudad que no podíamos satisfacer en Bellas Artes o librerías Gandhi.

En el caso de La Perla, por ejemplo, asistíamos sin formar parte de su comunidad transexual, sino forzados por la imposibilidad de formar nuestros propios espacios contraculturales”.

La ciudad ya es otra. Los lugares marginales se vuelven con el tiempo los sitios de moda. La Maldita Vecindad dejó de ser un grupo subcultural de los 80, para acumular fama en 1991, a partir de su disco El circo. Entonces Pacho dejó de ser baterista de la agrupación y luego se convirtió en el director de la Casa del Lago. Ahora lo es del Museo Universitario del Chopo.

“Esta es una ciudad completamente distinta. Visto con perspectiva temporal, muchos de los reclamos han sido conquistados y creo que la sociedad es más madura. Como sea, los logros no son suficientes: la delincuencia, la desigualdad, la inseguridad, el acoso hacia las mujeres… eso aún genera asfixia.

Pero ahí están las nuevas generaciones, y a pesar de los logros obtenidos, qué bueno que ellos seguirán exigiendo el cambio”, enfatiza Pacho Paredes.

La CDMX y sus habitantes mutan y, a su paso, los espacios y sus propuestas, lo que hace que esta ciudad se abra a las nuevas exigencias y se autotransforme.

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