18 de septiembre 2016
Por: Diana Delgado

La generación damnificada

A 31 años del sismo del 85, cientos de personas que se quedaron sin casa siguen viviendo en campamentos de viviendas improvisadas.

ARTE: CÉSAR ESPINOSA

FOTOS: GUILLERMO GELAMAKA

Hace 31 años, la vida que miles de capitalinos conocían literalmente se derrumbó. El sismo de 8.1 grados Richter que el 19 de septiembre de 1985 sacudió la ciudad los dejó sin casa y los orilló a vivir en campamentos improvisados, mientras la urbe lidiaba con el más grande desastre natural de su historia reciente.

Poco a poco, la mayoría de los damnificados dejó estos espacios para establecerse en un nuevo hogar. Pero otros, que hoy se cuentan por cientos, todavía permanecen ahí debido a sus bajos ingresos y a lo que describen como promesas incumplidas por parte de diferentes administraciones.

Son cinco los campamentos que aún albergan víctimas del terremoto. De ellos, el más grande se encuentra en la delegación Gustavo A. Madero, donde algunas de las pequeñas viviendas —con sus techos de lámina y cartón y sus polines enmohecidos— alojan familias de hasta ocho integrantes.

El campamento, conocido como Colector 13, tiene una superficie aproximada de 1,107 metros cuadrados, que están separados de la zona residencial de Lindavista apenas por una avenida.

Hasta hace unos años, alrededor de 280 familias del centro y norte de la ciudad vivían ahí y, aunque algunas ya han sido reubicadas gracias a programas específicos del Instituto de la Vivienda (Invi), se estima que 160 continúan en condiciones precarias.

Amontonados y desprotegidos

Capitalinos que llegaron a Colector 13 cuando eran niños hoy son treintañeros que crecieron siendo damnificados. Uno de ellos es Alfredo Villegas, líder de la comunidad, quien urge a que los habitantes reciban apoyo para establecerse en otro lugar.

“Este es el más grande de todos los campamentos, quizá debería ser de los primeros en ser apoyados porque, si vas disminuyendo la población de afectados, se hace menos pesado el problema. Pero los años han pasado y creer que esto iba a ser temporal ya suena increíble”, dice.

Las casas de Colector 13 tienen un tamaño de tres metros por seis. En ese espacio, las familias tienen camas, cocina y comedor. Algunas viviendas carecen de baño, por lo que sus ocupantes utilizan las regaderas y los sanitarios colectivos, una situación que consideran insalubre.

Según testimonios recabados, no son pocos los lugareños que padecen infecciones en la piel y en las vías urinarias. También son comunes las enfermedades respiratorias, que la gente atribuye a la basura que los propios vecinos arrojan afuera de sus hogares y a los perros y gatos que viven y defecan en la zona.

“No nos quieren”

Además de estos problemas, dice Alfredo, los lugareños son víctimas de discriminación, porque los habitantes de otras zonas ven el campamento como un foco de delincuencia y drogadicción.

“Nos pasa que, al pedir trabajo, requieren nuestra dirección. Y cuando se enteran de que pertenecemos a un campamento, no nos emplean, dicen que no quieren a gente como nosotros que les puede traer problemas […] Pero yo puedo decir que, de todos los que aquí viven, menos de 10% se dedica a lo ilícito. Entonces, el resto es gente buena y trabajadora”, comenta.

Actualmente, la mayoría de los habitantes de estos campamentos se dedica a actividades que generan pocos ingresos, como realizar labores de limpieza en hogares, empresas y hospitales, despachar en algún minisúper y vender en el comercio informal.

Apoyos amañados

Verónica también vive en un campamento. Hasta hace unos años guardaba la esperanza de tener una casa digna, pero asegura que sus ilusiones han desaparecido.

Su mayor decepción ocurrió después de que autoridades capitalinas le avisaron que podría ocupar un departamento construido por el Invi. Para poder mudarse, únicamente le faltaba concluir el papeleo y recoger las llaves, pero afirma que, cuando trató de hacerlo, funcionarios le dijeron que el lugar había sido entregado a otra persona.

Peor aún, Verónica acusa que el beneficiario ni siquiera era un damnificado del 85.

Los lugareños tienen muchas historias similares a ésta, así como otras en las que el común denominador son los funcionarios o militantes de partidos que les ofrecen solución, a cambio de afiliarse a algún instituto político o de votar por determinado candidato cada que hay elección.

Y mientras ellos siguen acumulando años de vivir como damnificados, otras familias ajenas a los campamentos han decidido mudarse ahí.

Hace un año, el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, se comprometió a que la gente de estos lugares sería reubicada. Sin embargo, los pobladores aseguran que hasta ahora no han tenido respuesta.

Frente a la situación, vecinos como Isaac Flores insisten en que la situación de estos cientos de familias debe ser atendida, puesto que las condiciones en las que se encuentran, tanto físicas como sociales, son preocupantes y pueden empeorar.

Y como si tratara de resumir el sentir de sus vecinos, subraya: “Sólo pedimos a las autoridades que nos resuelvan. Ya no pedimos lujos, sólo algo digno para vivir”.

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