Teatro en el reclusorio Ciudad de México
13 de marzo 2017
Por: Tatiana Maillard

Sentirse libre con el teatro

Sentirse libre en un reclusorio, solo puede pasar si eres parte de una obra de teatro. Arturo Morell dirige a un grupo de reos que lo logran

Arturo Morell dirige un musical en un reclusorio de la CDMX en el que intenta que los reos sean protagonistas de sus propias vidas.

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

Arturo Morell jamás se ha preguntado las razones por las que los miembros del elenco de la obra que dirige se encuentran en el Reclusorio Varonil Oriente de la Ciudad de México. No le interesa. Todos los lunes llega a las 10 de la mañana al auditorio para ensayar José el Soñador, el musical que estrenará en abril. Ya lo esperan una decena de reos. Minutos después ingresa al auditorio una veintena de mujeres que vienen del Penal de Santa Martha Acatitla. Son las actrices que sólo van a ensayar y se retiran. Sus prendas color negro y azul marino se mezclan con las distintas gamas de beige de los trajes de los reos. No todos saben cantar ni bailar. Pero eso tampoco importa. Lo que es vital, según Arturo, es ecualizar la energía. “Los lunes son un excelente día para trabajar desde la energía”, dice Arturo, abogado, director de teatro y de la fundación Voz de Libertad, que desde 2014 diseña proyectos culturales dirigidos a la readaptación social.

Lo que se necesita

Energía: la capacidad de la materia para producir movimiento, calor, luz. “No sé si creas en estas cosas”, dice Arturo. “Pero todos somos energía que vibra en alta o baja frecuencia”. A su alrededor, su grupo de actores y actrices desayunan, se cabulean o ensayan las canciones con mayor o menor afinación. “Los lunes, la energía está dispersa”, asegura Arturo, así que, para que todo el elenco esté en la misma sintonía, los reúne en un círculo al centro del escenario.

Respiran. Vocalizan. Cambian de posición. Corren de un lado a otro. Todo, bajo las órdenes de Arturo. Casi para finalizar, les pide buscar a un compañero y adoptar con él alguna postura corporal. Un hombre de beige y una mujer de negro se encuentran, se toman de las manos y se besan.

“¡No!”. El grito de Arturo hace eco en todo el auditorio. Alza la mano y cierra el puño. Es la señal del silencio. A decir verdad, en ese instante la energía del director parece estar bastante alterada. Se dirige hacia la pareja. “¡Estamos trabajando! ¡Esto no es un juego!”. Sus cejas se fruncen. Durante el próximo minuto, de su boca no saldrán más que palabras severas, seguidas de un respiro hondo. Entonces reanuda la actividad.

“Soy amable, soy respetuoso, pero también soy firme con ellos”, dice Morell. Se ríe cuando agrega: “A veces me siento como el director de una escuela secundaria”. Pero no. Esto no es una secundaria.

“Una vez regañé a uno de los actores. Se enojó muchísimo. Tiempo después me confesó que había pensado: ‘te voy a matar’”. Morell sacude la cabeza y se encoge de hombros, como si lo hubiera recorrido un escalofrío. “En la vida todo son relaciones de poder. En la cárcel es más notorio. Muchos me quieren intimidar. Yo me mantengo firme”.

Misma celda, otra perspectiva

Lograr mantener el control de un grupo de internos es una labor que ha construido a base de tiempo. En 13 años que lleva de trabajar en proyectos teatrales al interior de penales en la Ciudad de México, Morelos y Querétaro, ha aprendido algunas cosas para mantener el liderazgo: “Hago mucho contacto con los ojos, con las manos. Doy abrazos. Es muy diferente el vínculo que se establece cuando haces eso en vez de mostrarte evasivo. Generas confianza. De alguna manera, nos volvemos cómplices.”

En uno de los descansos del ensayo, un chico muy joven se acerca con Arturo. La sonrisa abarca toda su cara: “¿Qué crees, Arturo? ¡Me acaban de avisar que me redujeron la sentencia a la mitad! Voy a estar saliendo de aquí cuando tenga 28 años.”

Arturo asiente. Lo felicita. Poco después dirá: “Hay veces que ocurre lo contrario. Que alguien se acerca a mí para decirme que acaba de ser sentenciado 50 años ¿Qué ganas va a tener de venir a ensayar?”. Morell niega con la cabeza. “Lo importante no es la obra de teatro. Esto es sólo un pretexto”.

¿Qué es lo que importa entonces? “La energía”, insiste Arturo. “Lo que tratamos de hacer es enseñarles a controlar las emociones. Muchos me preguntan para qué sirve todo esto: aprenderse sus líneas, venir a los ensayos, si de todas maneras al final del día van a regresar a la misma celda”.

Es la misma celda, pero no serán los mismos. En eso confía Arturo. Él tampoco es el mismo, eso dice. Las primeras obras que comenzó a montar en el interior de los penales eran pastorelas. Desde entonces estableció algunas reglas para él: “La primera, no juzgar. Yo trabajo con los seres humanos, no con sus expedientes. Por eso nunca busco saber por qué están dentro del penal. No me importa, porque eso sólo genera prejuicios”.

La segunda regla fue no victimizar a su elenco. “Creo que cuando uno se victimiza, baja su nivel de curación. Mi interés es reconstruir el tejido social a través del arte. Creo que mi labor al interior del penal es cambiar la manera en que los internos perciben su vida y su entorno. El teatro sólo es un pretexto para explorar sus posibilidades. No me importa si cantan bien o mal, si bailan en el escenario o se quedan estáticos. Lo que me importa es menguar la energía negativa que a fuerza se genera cuando uno no goza de su libertad.”

Eso es lo más importante. El teatro es tan sólo el vehículo para lograrlo.

En cifras:

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