El escritor Xavier Velasco en la Ciudad de México. Fotografía de Antonio Cruz

El escritor Xavier Velasco en la Ciudad de México. Fotografía de Antonio Cruz

14 de noviembre 2016
Por: Fernando Hernandez Urias

Velasco y su visión ochentera

Tras cuatro años de silencio, el escritor Xavier Velasco regresa con Los años sabandijas, un novela que captura la CDMX de los ochenta

Tras cuatro años de silencio, Xavier Velasco regresa con Los años sabandijas, una novela que captura el espíritu de la CDMX en 1980.

FOTO: ANTONIO CRUZ

Xavier Velasco es, sin duda, uno de los escritores mexicanos más populares, y al hacer de la Ciudad de México el escenario de la mayoría de sus ficciones, ha ido construyendo un mapa muy personal de la capital que conecta con los lectores.

“Elijo la ciudad porque ahí vivo. Porque soy una persona de ciudad. Si yo te contara una novela que transcurre en el campo, te burlarías de mí. Dirías: ‘Sabes qué, no es cierto, tú no has vivido ahí, tú no eres una persona de campo’”.

Dice que el campo le aburre y que después de un día en calma, él ya necesita su tráfico, su escándalo, su crispación. Dice también que los escritores tienen, al menos, dos etapas, y que la primera, aquella en la que se trata de entender y jugar con la ciudad, de meterse en problemas, fue fundamental para formar lo que él es ahora.

Le pido que defina a la Ciudad de México en tres palabras y sonríe. Responde como si estuviera tirando dardos. Con largas pausas. Con mucho énfasis en cada letra. Primero dice “caótica”. Después, “perversa”. Por último, con un gesto que parece de satisfacción, cierra con “seductora”.

“En una ciudad grande como la nuestra, existe la libertad de que nadie te sigue y a nadie le importas. Y en ese sentido, este lugar te da muchas facilidades para hacer lo que se te antoje. Incluso si esto no es lo mejor para los demás. Incluso si cumplir con lo que se te ocurra incluye convertirte en una sabandija. Pero la ciudad es un espacio de sobrevivencia. Y cada quien sobrevive como puede, algunos siguen las reglas, algunos no. Pero también para eso están las ciudades, para perderse en ellas, para ponerse a prueba, para desafiarse a sí mismo”.

“San Ángel, Chimalistac, todo lo que esté al sur de Félix Cuevas y al norte de Perisur es un poco mi territorio. Entre más céntrico, menos a gusto estoy. Al norte de Félix Cuevas siempre me he sentido turista”.

Las sabandijas ochenteras

Los años sabandijas —esa palabra con la que su padre lo llamaba cuando se portaba mal— es el título de la travesura chilanga más reciente de Velasco. Tuvieron que pasar cuatro años desde La edad de la punzada y se cocinó lento. El libro, que entre otras historias narra las aventuras del Roxy y el Ruby, dos pícaros egoístas e insalvables que sobreviven abusando de los demás, surgió por dos caminos paralelos: “Ya tenía algunas ideas para algo que quería contar: unos tipos que se proponían robar el walkman de Sting, unos policías que se dedicaban básicamente a asaltar a los ciudadanos, un suceso en una colonia suburbial, que en este caso terminó siendo Satélite… Tenía todo eso, pero como por ahí, guardado en la cabeza. Y un día me buscan de Editorial Planeta, Gabriel Sandoval, y me propone escribir una crónica de los años ochenta. Para ello, me consigo por ahí unos almanaques, me ayudo con una hemeroteca. Y de repente me digo: ‘Sabes qué, no. No quiero hacer esto. Me suena como una tarea interminable, una tarea escolar que no quiero hacer. Y como una travesura, porque es de lo que se trata, creo yo, la literatura, como una fechoría, decido que no voy a hacer ninguna crónica, que voy a hacer ficción pura’”.

El resultado es un coctel explosivo de acción y nostalgia en el que la ciudad que alguna vez fue está perfectamente representada y la década de los ochenta se hace realidad en los Denny’s, la fayuca, las cintas VHS, la tienda De Todo y su venta monstruo, el Banco Mexicano Somex, un Dart K nuevecito y varios detalles más.

“Nunca tuve la intención de hacer un recorrido turístico por los años ochenta. Sí, por supuesto, hay un deleite especial en mencionar lugares que ya no existen: París Londres, La Veiga, ya no queda nada que no sea Liverpool. Pero buscaba lo que le interesa a cualquier autor de ficción: hacer pasar por buenas sus mentiras”.

Una década de la cual Velasco recuerda claramente lo bueno y lo malo: “Lo peor de la ciudad era la corrupción. Ahora la gente usa mucho esa palabra y dice que estamos peor que nunca. No es cierto, no vivieron a Durazo. El poder del gobierno en aquella época era inmenso. Se usaba el verbo desaparecer. Y de lo mejor no tengo duda: la enorme libertad que había. Una libertad que de pronto añoras, ahora que las calles están sembradas de cámaras de video, que las personas están llenas de prejuicios y de etiquetas absurdas, de corrección política para seguir una gran hipocresía”.

Y a pesar de la experiencia y la práctica, para Velasco escribir sigue siendo igual de difícil que lo era al principio. Porque ahí, siempre acechando, está el miedo de que quizá no va a salir, de que lo que hace no sirve para nada. Que ya no puede escribir como antes. Pero eso mismo, dice, es lo que lo salva como escritor: “No sé qué clase de pelmazo sería si yo estuviera lleno de certezas y pensara que todo lo que sale de mi pluma es sagrado. No. Sigo escribiendo a mano, con pluma fuente, exactamente igual. Sigo escribiendo en el jardín, que es el lugar donde me gusta hacerlo. Sale difícil, pero disfruto esa dificultad y me hago la novela y la historia tan difícil como pueda. Me meto en tantos problemas como sea posible, porque también la aventura de escribir una novela tiene que ver con meterte en problemas y salir de ellos eventualmente”.

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