9 de enero 2017
Por: Antonio Ortuño

Dinosaurios y diamantes

Sabemos (o Google no los recuerda) que el petróleo proviene de materia orgánica acumulada en sedimentos geológicos. Gran parte de esa materia procede de organismos que vivieron en épocas lejanísimas, casi inconcebibles. Algunos de ellos, ni más ni menos, que dinosaurios. Será una reducción, si usted quiere, pero en parte podemos decir que el petróleo es jugo de dinosaurio. Y quizá por eso es que el PRI, que de dinosaurios sabe tanto, ha tenido la estrecha relación con el petróleo que todos conocemos.

El petróleo suele estar en el centro de los debates sobre economía mexicana. “Estamos petrolizados”, nos dicen los expertos. Es decir, que como país hemos dependido a tal grado de los recursos generados por la compañía paraestatal que maneja el petróleo, que no la hemos dejado “modernizarse” ni volverse competitiva. El sindicato de Pemex, desde luego, acapara las miradas, porque su líder parece aquel cartón de Abel Quezada que parodiaba a los ricos poniéndoles un diamante en la nariz. Los lujos principescos con los que vive (y de los que tanto han presumido sus allegados en redes) parecen explicar, por sí mismos, todos los problemas de la empresa petrolera nacional.

Producimos un montón de petróleo y, durante años, los altos precios del mercado le rindieron al país millones y millones de dólares en excedentes petroleros. ¿Qué fue de ellos? Acabaron repartidos entre los caprichos de las bancadas del Congreso, en manos de gobernadores más opacos que charcas de petróleo y de alcaldes que hicieron cosas como comprarse camionetas de lujo blindadas, dizque porque los que recibieron eran recursos etiquetados para seguridad… ¿Qué quedó de esos polvos? Puros lodos. Y arcas vacías.

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Los precios del petróleo llevan ya un tiempo a la baja. Paradójicamente, los de la gasolina, uno de sus principales derivados, no han dejado de aumentar. México exporta petróleo pero importa gasolina. ¿Por qué? Porque Pemex no tiene capacidad para refinarla. ¿Por qué no la tiene? Pues según los que aplaudieron las reformas que permitirán que compañías extranjeras se metan a manejar el petróleo nacional, porque el sindicato y la falta de “modernización” lo impidieron.

Chulada de escenario: el gobierno dice que quiere “modernizar” Pemex. El sindicato, sin embargo, a quien se culpa por no hacerlo, sigue tan campante, aliado del gobierno y con el diamante en la nariz. Y las bancadas de oposición, que teóricamente impulsaron esa “modernización” y votaron a favor de la reforma, ahora se llevan las manos a la cabeza por el “gasolinazo”, es decir, por la decisión de que el gobierno deje de usar el dinero de los impuestos para subsidiar el combustible y pasa el costo de la gasolina a los ciudadanos (quienes, además, pagan los impuestos). ¿A dónde va a ir ese dinero? El presidente dice, vagamente, que a salud, educación, infraestructura. Nosotros estamos en libertad de pensar que acabará en más diamantes en las narices y en campañas políticas. Porque ya viene 2018.

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