17 de octubre 2016
Por: Diego Osorno

Lo que brota entre la barbarie

There are worse ways of getting there
And I ain’t complainin’ none
If the clouds don’t drop and the train don’t stop
I’m bound to meet the sun

“Goin’ to Acapulco”, Bob Dylan

De Chiapas a Sonora, pasando por pueblos indios y movimientos de víctimas, incluyendo por igual a estudiantes, activistas, escritores o padres de familia, está surgiendo una dinámica de organización alternativa a la impuesta por la clase política. No son los partidos ni la lógica electoral lo que guía estas variopintas irrupciones civiles en el mapa de la realidad nacional. Son otras formas de luchar por la justicia y la libertad, genuinamente independientes, que brotan en medio de la barbarie.

El primer cuarto del siglo XXI ha sembrado dolor e indignación por todo México: dolor como resultado del autoritarismo con el que se han dictado y ejercen políticas de seguridad en las que las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzadas y la tortura son herramientas cotidianas de quienes invocan así el respeto al Estado de derecho; indignación por el saqueo de los recursos públicos, en el plano más burdo, con el fin de enriquecer patrimonios personales, y en el más “institucionalizado”, para financiar las campañas de las elecciones por venir.

Son miles las víctimas de esta violencia provocada por el autoritarismo y otras tantas, quizá menos visibles, las que ha dejado la corrupción institucionalizada. Todo esto sucede mientras se postra frente a nuestros ojos una montaña de impunidad vergonzante. Esa montaña de impunidad es lo que está en el centro de la democracia representativa instalada en el país desde el año 2000, una democracia representativa que hemos visto ser igual o más autoritaria y corrupta que el régimen de partido único del siglo pasado.

Pero este dolor y esta indignación empiezan a cosechar no sólo una ira evidente sino también un afán de organización. Ese es el sentido del acuerdo que tomaron los pueblos indios que participaron en el Quinto Congreso Nacional Indígena celebrado entre el 9 y 14 de octubre en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. “Ratificamos que nuestra lucha no es por el poder, no lo buscamos; sino que llamaremos a los pueblos originarios y a la sociedad civil a organizarnos para detener esta destrucción, fortalecernos en nuestras resistencias y rebeldías, es decir en la defensa de la vida de cada persona, cada familia, colectivo, comunidad o barrio. De construir la paz y la justicia rehilándonos desde abajo, desde donde somos lo que somos”, explica un comunicado emitido en conjunto con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), donde también se plantea una “resistencia creativa” que incluye la creación de un Consejo Indígena de Gobierno, el cual designará a una mujer como candidata independiente a la presidencia en las elecciones de 2018.

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Otro ejemplo sucede en el extremo geográfico del país, en Hermosillo, Sonora, donde las familias Márquez Báez y Goyzueta Cabanillas, papás de Yeyé y Daniel, dos de los 49 niños fallecidos en el siniestro de la Guardería ABC causado por la corrupción, han creado un organismo de la sociedad civil que ante la impunidad prevaleciente, buscará honrar la memoria de sus hijos ausentes observando y alertando la situación de los niños que son atendidos en las guarderías, casas hogar, preescolar y otros centros de atención infantil del Estado.

“En mi familia —me dijo Julio César Márquez— después de años de luchar por justicia, lo hemos hecho también por encontrar estabilidad emocional. Afortunadamente parece que la etapa más oscura, la de ingresos a hospitales psiquiátricos de mi esposa y de terapias interminables para mis hijos ha quedado atrás. Desde inicios del año pasado retomamos como familia el hablar sobre qué quisiéramos hacer algo en memoria de nuestro Yeyé, algo por los niños y niñas que acuden o son atendidos permanentemente en los centros de atención infantil. Es un anhelo que nace desde muy dentro de nuestros corazones, pensar que la injusta partida de él deje algo por los niños de ahora y del futuro. En cada niña o niña que vemos en las guarderías, imaginamos al nuestro. Es amor, actos de amor…”.

Esto es lo que el dolor y la indignación sembrados con sangre en este primer cuarto de siglo en México han empezado a cosechar: nuevos espacios de la sociedad civil que no giran alrededor del poder y el dinero, sino de la vida y el amor.

Algo está brotando entre la barbarie.

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