22 de julio 2016
Por: Diego Rabasa

La dictadura del entretenimiento

En la extensa exploración que Morris Berman ha realizado de la decadencia cultural, política, social, intelectual y económica de los Estados Unidos en las últimas décadas, se encuentra un concepto que el historiador cultural acuñó para describir la actitud de la mayoría de los medios de comunicación en la actualidad: el infotainment [infoentretenimiento].

Desde la aparición del primer volumen de su trilogía sobre el declive del imperio norteamericano en los albores del nuevo siglo, El crepúsculo de la cultura americana, Berman veía una aberrante amalgama entre los conceptos de información y entretenimiento, en la que el último comenzaba a tener mucho más peso que la primera.

Hoy la enloquecida carrera por alcanzar el favor de las audiencias ha magnificado este fenómeno. El declive de la prensa, tal y como se ha conocido hasta ahora, tiene que ver con la reasignación financiera que los anunciantes han hecho de los medios tradicionales a circuitos en donde pueden cautivar de la forma más inmediata la atención de los posibles consumidores —atención que, por cierto, está supeditada a que éstos encuentren en cada instante algo que los entretenga, sorprenda, cautive, haga reír, haga sentir asco, lo que sea menos que los aburra—.

Hace unas semanas, el escritor David Eggers, uno de los más importantes de los Estados Unidos, se infiltró de incógnito (es decir, sin solicitar una acreditación de prensa) en un mitin de Donald Trump, tratando de comprender el fenómeno que ha horrorizado prácticamente a todo el mundo (excepto a la mitad del electorado norteamericano que manifiesta tener intenciones de votar por él, claro está). Tras observar que entre el público no se encontraban neonazis enfebrecidos sino hombres y mujeres relativamente normales (y digo relativamente porque entre ellos se encontraban algunos que aseguraban con contundencia que el cambio climático es una táctica del gobierno socialista de Obama para mantener a la población atemorizada y controlada), Eggers dio en el clavo al comprender que buena parte del fenómeno Trump está vinculado con el entretenimiento: los asistentes iban al rally como si fueran a un espectáculo. Y en buena medida lo es: Trump procura que el podio esté cerca de la pista de aterrizaje de su avión para que el público pueda ver cautivado el momento en el que aterriza y desciende de él de manera imperial. Evita cualquier tipo de argumento o propuesta que pueda aburrir a la audiencia y se dedica a proferir insultos, dar manotazos sobre el estrado, ponerle apodos a sus rivales políticos, etcétera. Incluso las genuflexiones de su voz se han hecho tan famosas que la gente espera el momento en el que Trump dirá que algo que ha hecho o hará es grandioso para corear con él de forma “hilarante” grrrrreaaat!!!

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Que el entretenimiento haya engullido lo mismo la esfera periodística que la política tiene como consecuencia el ascenso de energúmenos como Trump o de figuras políticas como Peña Nieto cuyas únicas preocupaciones —además de cultivar beneficios personales— radican en mantener un aparato de propaganda y simulación que obstaculice la exhibición de quiénes son y qué los motiva en realidad. El desdén por la información veraz y respaldada, produce que ambos puedan conducirse como se conducen: con verdades manipuladas, en el mejor de los casos, y con francas mentiras en muchos otros. En sociedades atentas e informadas uno y el otro serían impensables no obstante lo cual el segundo está por concluir uno de los sexenios más nefastos en la de por sí zozobrante historia nacional, y el primero tiene serias posibilidades de convertirse en el presidente del que aún se ostenta como el país más poderoso e influyente del mundo.

Sin importar el caudal de muerte, pobreza y frustración que el modelo actual ha desatado en prácticamente todo el mundo, los barones del poder siguen empeñados en empujar aquel lema hollywoodense que reza que no obstante lo trágico del entorno, el show debe continuar.

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