30 de diciembre 2016
Por: Diego Rabasa

El diecisiete, no sin nosotros

Desde que Felipe Calderón ejecutó esa brillante, meditada y estudiada estrategia que tantos y tan buenos frutos ha rendido de “declararle la guerra al crimen organizado” cada fin de año ha presentado consigo una zozobra y una extraña forma de esperanza traducida en la idea de que “el próximo año no puede ser peor que éste”. Desafiando la hondura del pozo en el que nos encontramos, cada nuevo año ha ido llevándonos hacia un precipicio peor: la violencia cada vez más incontenible, la corrupción cada vez más descarada, la ineptitud y el cinismo gubernamentales cada vez más obtusos, la economía cada vez más desastrosa. Ahora mismo, la situación actual del país —aunada a una convulsión mundial en la que el terrorismo, la guerra, el hambre, las cruentas peregrinaciones humanas, los desastres ecológicos y el auge de movimientos de corte reaccionario y fascista—, no puede sino presentar un panorama tenebroso y espeluznante para todos aquellos que no pertenezcan a esa mínima élite que lejos de padecer la implosión mundial han conseguido incrementar su poder de dominar y acumular dinero (me refiero al famoso 1% que quizá ya es incluso un porcentaje aún menor de la población del mundo) que ostenta prácticamente toda la riqueza del orbe.

El año 2017 para México será un periodo clave y decisivo para el futuro próximo en la medida en la que arrancará oficialmente la carrera por la sucesión presidencial que ya desde hace varios meses ha comenzado a presentar los primeros avances de los candidatos y las candidatas que se emplearán en ella.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE DIEGO RABASA: TERROR E HIPOCRESÍA

Atenazados entre una clase política abominable y corrupta, y organizaciones criminales cada vez más extendidas y flagrantes, los y las habitantes de a pie no podemos refugiarnos en la estrechez de nuestros respectivos campos de acción y vislumbrar cómo se dirimen las disputas de los diferentes campos de batalla que nos acorralan. En momentos urgentes como éste, el ejercicio de nuestras vidas: la toma de decisiones, la vinculación y la participación e incluso la forma en la que encaramos nuestra cotidianidad, adquiere un matiz político insoslayable y trascendente. La apatía, la frivolidad y el individualismo son una forma de militar hacia la propagación de la condición actual. Sin que exista un sendero claro para siquiera poder pensar en un antídoto o en una ruta de salida del infierno actual, un buen comienzo sería empezar por la conciencia de la forma de vida que llevamos, de que quizá la única solución a largo plazo sea el restablecimiento de un sentido comunitario en el que los diferentes, los débiles, los necesitados, los que no piensan como nosotros, no sean un simple óbice en nuestra carrera por satisfacer de la manera más inmediata y fácil posible nuestros impulsos más banales y pedestres.

La extraña condición humana tiene en la renovación que ofrecen los ciclos un rasgo que permite configurar, incluso ante los escenarios más adversos que se puedan imaginar, la idea de que un cambio es posible. La humanidad ha visto ya desastres y genocidios apocalípticos y ha también encontrado, en muchos casos, la manera de salir de ellos. No podemos seguir consintiendo esto como la nueva normalidad de nuestro territorio. Es obscena y criminal y cientos de miles de personas están pagando con su vida o con una existencia miserable. Y es tarea de todos y de todos los días encontrar la forma de revertir este rumbo. Que sea un año, si no enteramente feliz, que al menos nos permita luchar por recuperar el derecho humano consustancial a la felicidad.

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