14 de octubre 2016
Por: Daniel Saldaña París

México intransitable

Una de las historias que más repetidamente me contaba mi abuelo paterno, Pepe, es la del día en que se fue de pinta de la secundaria, se amarró con su cinturón al techo de un tren y amaneció en no sé qué lugar improbable: Irapuato o Colima. Ahí pasó tres días jugando billar o pidiendo comida antes de volver a su casa en la Ciudad de México, donde fue severamente reprendido.

“Eso es irse de pinta y no verdolagas”, pensaba yo de puberto al escuchar la anécdota, soñando secretamente con emularla. Por si fuera poco, estaba la historia equivalente de mi padre, no sé ya si reinventada por mi tendencia a deformar todo lo que me cuentan. Según ésta, él se fue de pinta porque cerca de su escuela estaban filmando una película de El Santo —razón suprema—.

Durante toda mi infancia quise hacerle justicia y darle continuidad a esa escuálida tradición de escaquearse y terminar, por lo menos, en Milpa Alta. A mí me tocaron primero fugas silvestres, a cierta cascada en Amatlán, a un predio boscoso en las inmediaciones de Montecasino, a los criaderos de truchas en el cerro Tepeite. Todos esos topónimos guardan para mí el sabor inasible de las transgresiones inocuas. Luego tuve también un periodo de escapadas en Coapa, quemando terrenos baldíos cerca de Cafetales o bebiendo caguamas en inhóspitas vecindades a las que se accedía por una tienda de abarrotes.

Pero a pesar del orgullo que encuentro en la tradición familiar de irse de pinta, intentaré disuadir a mi hermana menor, que vive en Xalapa y es todavía una niña, de sumarse al club cuando llegue su momento. Y es que en Veracruz, como en tantos lugares de México, los estudiantes desaparecen con una facilidad pasmosa, sin irse siquiera de pinta. Una tarde los levantan y al cabo de un tiempo aparecen muertos. En este contexto, cualquier idealización marctwainesca de irse de pinta queda descartada.

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Los días de recorrer la larga República en autobuses de pasajeros, o pidiendo aventón en carreteras libres, me parecen un sueño distante cuando veo las noticias. Quizás la mía fue la última generación que pudo practicar esa variedad de la libertad individual durante la adolescencia, antes de que el país se sumiera en el horror.

Triángulo de las Bermudas formado por la corrupción, el crimen organizado y la ausencia de Estado, México parece un episodio de la Dimensión Desconocida mezclado con una película gore. Más que un país, a veces parece que habitamos una enorme procesadora de carne. Hoy en día, las narraciones de aventuras, roadtrips o escapadas de la escuela en el México profundo son inverosímiles si los protagonistas de las mismas salen con vida. Un Huckleberry Finn que cometiera el error de navegar el río Jamapa en vez de su nativo Misisipi habría hecho mejor orientando su esmirriada proa hacia el Aqueronte mítico, de una pinche vez.

El territorio es hostil e intransitable para todos, cierto, pero parece ensañarse particularmente con los jóvenes. En el futuro, cuando el país se clausure o se venda por partes como una combi inservible, habrá una generación entera de mexicanos que jamás pudo moverse libremente por los alrededores de su casa o su escuela. Una generación inmóvil o desaparecida, que se esfumó sin dejar más rastro que el dolor y la rabia de los supervivientes.

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