18 de noviembre 2016
Por: Guadalupe Nettel

Volver a casa

¿Hay acaso algo más humano que la insatisfacción? Desde Sócrates hasta Mick Jagger, los grandes filósofos y los grandes artistas han hablado detalladamente del asunto. Los románticos creían en el mito de la media naranja, esa alma gemela que nos espera en algún lugar del mundo para terminar, de una vez por todas, con la nostalgia que nos aqueja. Los psicoanalistas, obsesionados con el origen, se refieren a la añoranza del útero materno. Lo cierto es que, desde que venimos al mundo hasta que nos despedimos de él, estamos deseando todo tipo de cosas para compensar una profunda sensación de vacío a la cual, siendo honestos, también somos adictos. Cada quien tiene su terreno favorito: algunos persiguen el estatus, otros en cambio encuentran refugio en la comida, la embriaguez, el psicoanalista, el ejercicio, la cuenta de ahorros, la moda o la belleza física. Otros, menos exigentes, se consuelan en las redes sociales y en el entretenimiento que ofrecen. Una amiga gringa me contó que el 11 de septiembre vio por televisión la caída de las torres gemelas. Soportó con cierta serenidad el derrumbe de ambas, aun suponiendo que se trataba de un ataque terrorista. En cambio cuando explotó el Pentágono, se puso a llorar despavorida. Aunque nunca lo había imaginado, parte de su seguridad estaba fincada en ese edificio y en el ejército de su país.

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Hace muchos años, tuve una compañera de casa que veía tele y comía cereal toda la tarde, hasta que la programación terminaba y aparecían unas rayas verticales que la obligaban a apagar el aparato. Entonces entraba en su cuarto, como quien se interna en una cueva oscura y profunda, y durante unos minutos que parecían eternos, los otros habitantes de esa casa la escuchábamos sollozar amargamente. Aunque a mí nunca me ha gustado la tele, a veces me identifico con ella y con su sensación de soledad y desconsuelo. En vez de la programación del Canal 2 busco refugio en proyectos tan distintos como construir un noviazgo, organizar un viaje o escribir un libro. Lo único que tienen en común esas empresas es que, una vez realizadas, tras un corto periodo jubilatorio, me dejan con una sensación de vacío que no consigo gestionar hasta que encuentro otra zanahoria que perseguir, antes de estrellarme con la siguiente decepción.

Cuando era niña escuché un cuento que me marcó para el resto de mi vida. Uno de esas historias que se encuentran repetidas en muchas tradiciones. En resumen el cuento narraba la historia de un hombre que oye hablar de un pájaro de plumaje maravilloso capaz de otorgar la felicidad a quien lo encuentra. El hombre se pasa la vida buscándolo hasta que regresa a casa, anciano y derrotado, sólo para darse cuenta de que el ave siempre había estado en su jardín. El problema, me temo, es que ni siquiera tenemos idea de dónde queda nuestra propia casa. Quizás sería hora de empezar a buscarla.

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