9 de diciembre 2016
Por: Guadalupe Nettel

Todos somos Standing Rock

A principios de este año, en el estado de Dakota, la compañía Energy Transfer Partners comenzó a construir un enorme oleoducto que pasaba por territorios indígenas sin la autorización de los pueblos a quienes pertenecía este territorio, y también, a pesar de su contundente oposición, contaminando la tierra pero, sobre todo, el agua potable y cristalina de ese lugar. Las diferentes tribus de Dakota se unieron para impedirlo y fueron severamente reprimidas por la policía. Fue entonces cuando otros grupos indígenas, primero de Estados Unidos y luego de todo el continente, comenzaron a llegar en su defensa y a hacer suya la causa de Standing Rock. A ella se han unido muchas agrupaciones  de lucha social tanto de Estados Unidos como de Canadá y el resto del continente. Un momento decisivo para el movimiento fue cuando, conmovido por la lucha indígena, un veterano de guerra se manifestó a favor de Standing Rock en las redes sociales y todos sus compañeros lo siguieron. Los veteranos no sólo se declararon en contra de la construcción del oleoducto sino que acudieron al lugar —con una importante aportación monetaria— nada más y nada menos que para pedir perdón, de rodillas y con lágrimas en los ojos, por los abusos que Estados Unidos ha cometido a lo largo de su historia contra los pueblos indígenas . El movimiento cobró tal fuerza que se consiguió lo que parecía imposible: detener, al menos por el momento, la construcción del oleoducto.

Hace exactamente siete generaciones, un jefe Hopi predijo que una gran calamidad amenazaría el continente americano. La tierra, el agua y los recursos naturales se verían arrasados por una gran serpiente negra. La única manera de salvar nuestra tierra sería la unión de todas las “tribus amerindias”, algo difícil de conseguir dado que, por un lado, muchas de ellas estaban peleadas desde hacía décadas y, por otro, porque desde la conquista, los miembros de esos pueblos se han visto apaleados, aislados, privados de educación y, sobre todo, de autoestima. Según la profecía, esa lucha contra la serpiente habría de ocurrir en la generación actual, y eso es exactamente lo que está sucediendo en Dakota. Ya no se trata únicamente de lucha contra la compañía Energy Transfer Partners, sino de mostrar que los habitantes originales de América están dispuestos a defender los recursos naturales o lo que queda de ellos.

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En México, la gran serpiente dirigida por los políticos y los empresarios, está haciendo estragos. También aquí los recursos naturales y las zonas protegidas corren un grave peligro. Basta ver lo que está sucediendo en la Riviera Maya, no sólo con el caso de Tajamar sino también de Tulum, cuyas playas están siendo vendidas a ricos empresarios en contra de la Constitución. Dentro de poco, los ríos subterráneos que alimentan los cenotes, territorio sagrado de los Mayas, estarán cubiertos no de petróleo sino de aceite Coppertone, sin que hayamos hecho nada para defenderlos. El movimiento de Standing Rock no concierne sólo a Estados Unidos ni a los indígenas de ese país. Se trata de una inmensa oportunidad —quizás la última— para los habitantes de este continente de salvar a la naturaleza, y con ella nuestro propio pellejo.

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