26 de julio 2016
Por: Guillermo Osorno

Sorpresas te da la ciudad

Un sábado por la tarde, un grupo de amigos decide ir a comer a la cantina La Única de Guerrero, la U. de G., en la colonia del mismo nombre, después de la inauguración de una exposición de arte en una galería cercana. Toma un Uber. Llega cerca de las tres de la tarde. Pide una mesa para 12, luego son 20 y la mesa crece hasta acoger 30 personas.

La cantina está casi vacía, como muchas otras en la ciudad. Se dice que están desapareciendo, que van en desuso. Los comensales se ponen de acuerdo y piden platos al centro, un chamorro, un molcajete con carnes, salsas y quesos, unas tortas, así como tragos de toda índole. El servicio es atento, pero la comida se siente algo vieja, como si la receta se hubiera deslavado y sólo se hiciera con el recuerdo. Y la carta es inmensa, como ya no se ve en los restaurantes modernos.

Aparece el dueño de la cantina. La mesa es tan grande, que se siente forzado a saludar y pregunta si todo marcha bien. Es un hombre de barba con camisa hawaiana y un toque algo excéntrico, como un gringo viejo. Una persona del grupo quiere intercambiar razones con el dueño para que le explique cierto estilo en la redacción de la carta, que enaltece los valores nacionalistas, la fama internacional de las margaritas y da tips para tratarse la cruda con más tragos, pero el dueño de la U. de G. se despide de la mesa y la conversación nunca sucede.

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Una mesa de 30 personas es una franca imposición al ritmo de cualquier restaurante. Sin embargo, la U. de G. es tan grande que puede absorber a los ruidosos extraños. En el resto de las mesas hay parejas tranquilas de gente grande.

A las seis de la tarde, un mariachi ameniza la comida. Es el tipo de espectáculo musical que uno esperaría en una cantina; pero a las siete, un grupo de rock, que se hace llamas tautológicamente las estrellas del rock, toma el estrado. Su intervención presagia un aire de boda, la retirada de la mesa grande. Pero hay algo especial en el conjunto: son todos viejos. Sólo el baterista debe tener más de ochenta años. El cantante y el bajista están por encima de los setenta. Suenan fabuloso. ¿Cómo le hacen? Cantan éxitos de blues, rock y disco con una facilidad asombrosa. Ahora suenan como los Beatles, luego como Tavares. Las parejas del resto de las mesas se levantan a bailar.

Y la mesa de treinta personas no puede sino rendirse ante semejante portento. Casi por casualidad, la cantina los hace testigos de cómo se divierte la otra mitad de la ciudad: esa parte vieja, anticuada, fuera de moda, sin pretensiones ni Uber ni galerías de arte, que baila a todo mecate, liga aunque el cuerpo no sea bello y hace brillar los recuerdos como si fueran nuevos.

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