18 de octubre 2016
Por: Guillermo Osorno

La Habana en el hombro

Después de una revolución exitosa, de poner el mundo al borde de la guerra nuclear, de ser el punto de referencia de la política latinoamericana durante más de 20 años, de sobrevivir la caída de la Unión Soviética y la oleada de libre mercado, de casi morir de inanición, de sobrellevar la vejez de su liderazgo, de soportar décadas de bloqueo económico y de recibir la visita del presidente Barack Obama y de los Rolling Stones, después de todo eso, o por todo eso, La Habana es un lugar muy muy extraño.

Son las siete de la mañana. Abro la cortina de mi cuarto, en el piso 21 del lujoso hotel Meliá Cohiba, y veo cómo la luz del amanecer baña una de las ciudades más bellas del mundo, congelada en un pasado herrumbroso. Llegué la noche anterior en un vuelo desde la Ciudad de México, lleno de gringos y japoneses. T, la asistente que ha venido a recibirnos, le indicó al chofer de un camión destartalado que entrara al Vedado por una de las avenidas principales, una de sus favoritas. Sólo que a las 11 de la noche La Habana es una ciudad oscura y desolada, y no es posible ver la magnificencia del paseo. T nos llevó hasta la recepción del hotel y nos señaló el privilegio que significaba estar hospedados en el nivel 21, uno de los mayores lujos de la ciudad. Hay algo de grosero, entonces, que esté viendo el esplendor de La Habana desde ese cuarto blanquísimo, con aire acondicionado, internet y televisión por cable.

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Durante las 48 horas siguientes, podré probar un poco de las fantásticas contradicciones de La Habana. El lenguaje del taller académico al que estoy invitado suena extraño. La reunión sucede dentro del Habana Riviera, en el salón del casino que conserva una dignidad casi intacta. La información que da el órgano oficial es muy escasa: la visita de un alto funcionario africano, las protestas por el bloqueo económico, la reconstrucción de alguna ciudad afectada por el paso del último huracán. Pero la gente se arremolina a un costado del hotel, donde puede alcanzar algo de la escasa señal de internet y el ambiente en la Fábrica de Arte, un proyecto cultural del moda, es como el de una galería en Miami.

Tuve un mal momento con un cubano que me interpeló en la calle. Me dijo que La Habana no era como Tepito. Los mexicanos, por cierto, tenemos la peor fama como turistas y otros cubanos conscientes me preguntaban por qué los mexicanos tenemos objeciones con su régimen cuando el nuestro es un desastre.

Pero La Habana vieja no pierde ni un ápice de su encanto. En un museo, un guardia me contó su vida miserable como católico burgués sin vergüenza. Me dijo, con cierta tristeza, que él vería el final de ese régimen desde su tumba.

En el avión de regreso, una cubana está tratando de llenar su forma de migración. Irá de visita a Chiapas, donde vive su hija que se ha casado con un mexicano. La cubana tiene dificultad para entender el formulario, así que me puse a dictarle las respuestas como si estuviera haciendo la tarea con un niño.

Como agradecimiento, me dio un extraño beso en el hombro. Me tomó completamente por sorpresa. Y durante el resto del día llevé felizmente a La Habana a cuestas.

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