31 de enero 2017
Por: Guillermo Osorno

Orwell y la pizza de salchicha sin calorías

Una nota de The Guardian revelaba el otro día que las ventas del clásico de George Orwell, 1984, habían aumentado dramáticamente en Amazon.com después de que la asesora del presidente Donald Trump, Kellyanne Conway, dijera en televisión que los datos —abiertamente falsos— ofrecidos por oficina de la presidencia sobre el número de asistentes a la ceremonia de toma de protesta eran “hechos alternativos”.

Los analistas comenzaron a hacer una comparación inmediata entre estos hechos alternativos y el llamado newspeak o neolengua de 1984: se referían al intento del régimen totalitario por inventar un inglés alterno, que sustituía al viejo inglés, creando un nuevo idioma que permitía controlar el pensamiento de los miembros del partido eliminando el significado no deseado de ciertas palabras.

La comparación no podía ser más certera. Conway había usado la frase en relación con las declaraciones del jefe de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, quien dijo que la ceremonia de inauguración del presidente Trump había atraído la audiencia más grande en la historia.

La famosa crítica literaria de The New York Times, Michiko Kakutani, escribió unos días después que la distancia entre la novela y los tiempos que vivimos es peligrosamente más corta: en la novela, como en la vida real, hay un Estado o Gran Hermano —o agencia de seguridad nacional, NSA por sus siglas en inglés— que está “escuchando” todo lo que se dice; se vive una guerra constante y los extranjeros son motivo del odio nacional; es un mundo, en fin, donde la autoridad insiste que la realidad no existe de manera independiente y externa, sino que depende de lo que dice el Partido.

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Kakutani nos recuerda una carta de Orwell, donde explica por qué escribió 1984: contra “los horrores del nacionalismo emocional y la tendencia a descreer de la existencia de una verdad objetiva porque todos los hechos deben amoldarse a las palabras y profecías de un führer infalible”.

Los “hechos alternativos” también han dado lugar a otro tipo de reacción pop: casi todos los night shows de la televisión americana hicieron mención del asunto: Jimmy Kimmel, Conan O’Brien, Trevor Noah. Jimmy Fallon, por ejemplo, dijo el otro día que “Alternative Facts parece un curso de la universidad de Donald Trump”.

Por lo demás, una nota de The New Yorker señalaba que un restaurante lanzó una alternative fact pizza con cero calorías de tocino, pepperoni, jamón y salchicha. Pizzas, cómicos o libros —además de gente que protesta en los aeropuertos y jefes de Estado que critican las más recientes medidas migratorias, más cientos de miles de mujeres que marcharon el otro día en Washington— en cualquier caso, la gente está encontrando maneras de poner un alto a estos tiempos de nacionalismo emocional y mentiras, que tanto preocuparon a George Orwell.

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