15 de febrero 2017
Por: Gabriela Warkentin

Eso de vibrar no cuajó

México ni vibró ni se inmutó.

Domingo, sol a plomo, Paseo de la Reforma de esta chilanga ciudad. Un sentido de la avenida para bicicletas patines corredores y sus perros, el otro para mantas consignas manifestantes y sus perros. Los que venían en dirección Centro-Chapultepec, clavados en el sudor dominical. Los que enfilaban hacia el Ángel de la Independencia desde Chapultepec, absortos en la indignación colectiva. O eso hubiesen querido. Al final de la jornada, el sudor de los que corrían sí fue, la indignación colectiva de los que protestaban… no.

La marcha Vibra México fue un fracaso. Muchas lecciones a partir de lo sucedido, pero como marcha, como expresión masiva de una indignación colectiva, fue un fracaso. Ni modo, así las cosas.

Convocar no es fácil, ni aunque salgas en la tele. O tal vez menos si saliste en la tele. Tomar las calles con fines etéreos no emociona más que a quienes los articulan: salir a mentarle la madre a Trump, por mucho que se lo merezca, es casi imposible si lo que la mayoría quiere es mentarle la madre a Peña Nieto. Tampoco hay que ser genio: llevamos meses hablando de mal ánimo social y ahora se busca un buen ánimo colectivo. Ni cómo hacerle. Quejarse de que las redes sociales jugaron en contra es no entender que las redes sociales no juegan, hay que saber jugar en ellas. La foto de la multitud para apantallar a los apantallables necesita de otro trabajo. Y de otro ánimo.

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Entonces, México no vibró.

Pero yerra quien crea que no pasó nada. Porque ahí sobre el Paseo de la Reforma, en la gente que nunca sale a marchar, que vive encerrada en su burbuja de sentido; ahí, entre los fresas o los pirruris como algunos los descalificaron, ahí también anida un enojo social que está en busca de liderazgo. Falta que alguien lo entienda. Y entonces, entonces se vibrará. Quién sabe hacia dónde.

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