22 de noviembre 2016
Por: Lydia Cacho

Recordar a los difuntos

Hay médicos que viven de mantener a la gente enferma, de entregar paliativos a mediano y largo plazo hasta que llegue el momento de operar, destripar, explorar cuerpos con la curiosidad con la que, en la secundaria, la maestra de biología nos enseñó a diseccionar un sapo para entender los organismos vivos. Seguramente ustedes, como yo, se han enfrentado a ese tipo de galenos, en hospitales públicos y privados. Esos y esas a quienes enseñaron a escindir sus emociones para no desarrollar ningún vínculo afectivo con sus pacientes, esos que hablan rudo, seco, que no explican porque creen siempre que sus pacientes son un poco estúpidos o creen que no hace falta que la persona afectada por la enfermedad sea agente activa de su propio proceso vital de sanación o de aproximación a la muerte con un proyecto de calidad de vida.

Tal vez por eso, buscando respuestas y esculcando entre cientos de personas y miles de historias de pacientes, entre ellas la mía, es que decidí escribir el libro Sexo y amor en tiempos de crisis. Para explorar las emociones de la vida adulta al enfrentar el desgaste fisiológico, metabólico y emocional de la vida. Fue en esos tiempos en que puse más atención a un columnista a quien ya leía desde siempre: Arnoldo Kraus, un médico que tiene la sensibilidad de una de esas curanderas históricas que todo lo mira y todo lo percibe; que es capaz de entregarse a la sanación de las y los otros y llevar a cabo el doloroso viaje de la vinculación profunda con la vida y la muerte ajena.

Arnoldo es singular incluso en romper los esquemas de los lugares comunes, de los médicos que garabatean recetas. Él escribe con la calidad literaria de un cuentista de realidades dolientes y de milagros humanos carentes de misticismo, el prodigio de quienes desean vivir y logran lo imposible: sanar a pesar del diagnóstico clínico. Él es, como un puñado de médicos que he conocido a lo largo de los últimos años, un sanador que sabe que escuchando, no el discurso, sino la voz verdadera de las personas, es como puede hallar las fórmulas para enfrentar la vida, esa que se derrite incontenible como la parafina de una vela encendida, cuya flama en el centro, por potente que sea para iluminar un cuarto oscuro, llegará al fin de su trayecto vital.

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Arnoldo ha escrito un sinfín de columnas y varios libros, pero hay dos obras de él que son indispensables: Recordar a los difuntos (Ed. Sexto Piso 2015), un estremecedor recuento de la muerte de su propia madre, cuya narrativa navega entre la mirada del hijo camino a la orfandad y la voz del médico que busca evitar el sufrimiento innecesario. Para él “los difuntos son parte de la vida, no de la muerte”. El otro ejemplar más reciente es: Quizás en otro lugar (Ed. Sexto Piso 2016). En él escribe “Casi siempre ha sido fácil asesinar. Morir, en cambio, es más complejo. En las calles viejas se muere por medio de piedras o palos; en las calles modernas, con bombas; en la literatura con palabras; en la poesía, con silencio; en el cine, entre actos”(…) “El muerto asesinado no se entera de su proceso. Quien fallece muriendo lo vive”.

Hace años mi maestra de literatura dijo que para aprender a escribir hay que leer 100 veces más de las que escribimos y aprender a escuchar a todas horas, todas las voces, a reconocer todas las vidas. Hay que vivir, sentir intensamente para escribir e imaginar con la misma potencia esencial. La reciente lectura de estos libros de Arnoldo Kraus me acercó más a mi propia muerte y al mismo tiempo a esa vida que desde hace años defiendo con la fuerza de quien le arranca compromisos a la existencia para que la partida espere su turno. Es un escritor, un médico sabio y compasivo necesario en un país de fosas clandestinas y madres huérfanas de sus hijos, de padres que marchan iracundos buscando los huesos de sus críos. No hay manera de comprender a profundidad la vida que tenemos si no miramos a la muerte a los ojos, la escuchamos, hacemos la paz con lo que es para dar la batalla por lo que podría ser diferente para las y los otros; nos recuerda, sin ambages, las múltiples formas de vivir en medio de la guerra y la enfermedad.

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