16 de septiembre 2016
Por: Pedro Kumamoto

Democracia viva

Los días feriados van y vienen, “Tómese un tequilita, compadre”, se llenan de guirnaldas los palacios, se montan desfiles, se saluda a la bandera, se hace un programa especial a las ocho de la noche y se cuentan anécdotas de lucha y entrega. Sí, esos huecos en las semanas laborales me hacen pensar sobre los mecanismos con los que decidimos qué fecha recordar y qué fecha dejar pasar sin señalarla en el calendario.

De pequeño me daban distintas razones: “Se conmemora a los muertos”, me dijeron. Luego la explicación se decantó hacia los actos de heroísmo, las planificaciones exitosas, la ejecución de las más altas virtudes o los despliegues de fuerza militar. Al pasar los años uno va cayendo en cuenta de que más que conmemorar lo extraordinario, que en este país significaría una fiesta cada día, lo que se busca es apuntalar con efemérides los valores y las prácticas que son útiles para el gobierno en turno.

Viéndolo desde esa perspectiva, tiene más sentido celebrar los actos de patriotismo militar que aquellos que nos recuerdan la acción colectiva, crítica, revolucionaria y solidaria. Quienes vencen para la gloria del status quo tienen su lugar asegurado en nuestro calendario de celebraciones, pero las pequeñas personas con gestos grandes suelen ser dejadas a un lado.

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Frente a esta tendencia de celebrar sólo lo que es benéfico para el poder, hay una salida. Gracias a movimientos de resistencia y reivindicación, más personas hemos podido entender que las fechas también pueden ser memoria, anhelo de cambio, democracia viva, canción de lucha y amigos en el camino. Comprendemos que las fechas pueden ir más allá de los carros alegóricos o las estampitas de papelería para enseñarnos de personas maravillosas, pero más aún, de causas justas para el país.

Casi 50 años han transcurrido desde el 2 de octubre de 1968, pero la lucha estudiantil por tener un gobierno democrático sigue. Más de dos décadas desde el 1 de enero de 1994, pero la búsqueda de otro tipo de desarrollo para los pueblos indígenas y para quienes menos tienen en este país jamás había sido tan urgente e inspiradora. Vamos a cumplir dos años desde ese trágico e impune 26 de septiembre del 2014, pero la memoria, la solidaridad y la búsqueda de justicia siguen tan vigentes como las primeras horas de ese día. Como podemos ver, la memoria también puede ser un instrumento de justicia. La memoria como vehículo de cambio, no sólo de protocolos y cenas.

Ayer, 15 de septiembre, fue el día de la democracia a nivel global. Si bien es cierto que recordamos este día en México por el levantamiento de Hidalgo, no puedo dejar de ver cierto azar revolucionario por el que ambas festividades caigan en la misma fecha. Si a esto le agregamos la marcha convocada por distintas organizaciones para exigir la renuncia de Peña a nivel nacional, me queda un sabor de celebración total. Festejando la independencia, el nacimiento de una nación libre, la democracia que se apuntala en latinoamérica y el pueblo que despierta en contra de los viejos vicios de la política.

La movilización de ayer no sólo exigió la salida de un presidente, sino la salida de una élite que gobierna a espaldas de los ciudadanos. Que se vaya la corrupción, los cacicazgos, la desigualdad solapada. Que se vayan quienes han querido todo para sí, quienes nos han regateado los derechos. Que se lleven consigo los abusos, la injusticia y la impunidad.

Estas consignas bien podrían haberse exclamado en 1810, pero fueron cantadas el día de ayer, con nuevas generaciones de mexicanos que más de 100 años después retoman las movilizaciones como acto de lucha cambiando las armas por palabras. Quizás, después de todo, las efemérides pueden estar más vivas de lo que pensábamos.