22 de noviembre 2016
Por: Aníbal Santiago

En cada campesino hay un Zapata

Me indicaron “vive en esa casa verde”, caminé unos pasos y desde la calle me asomé por la puerta abierta. Frondosos bigotes, camisa y botas, Jorge Zapata apartó la vista de su periódico con parsimonia de vaquero sabio, y en la tarde de Anenecuilco me incrustó su mirada recia asintiendo así a mi deseo de entrevistarlo para Imagen Televisión: “pase”. Dijo eso y sus facciones, con la elegante mata negra ondulando sobre su labio superior, por un instante se tornaron espectrales, como si no me hablara el nieto de Emiliano Zapata sino el propio caudillo.

Pasé. El moreno de 61 años agarró una foto y explicó su lazo con el “calpulelque” que un siglo atrás alzó en armas a los campesinos de Morelos para recuperar las tierras que los hacendados les arrebataban. “Este niño que ves a la izquierda del general Zapata es mi papá Nicolás. Desde los seis años anduvo con el general, que le regaló una pistola 32-20”, precisó apuntando a alguien en la foto que Villa y Zapata se sacaron en 1914 usando convencidos la silla que perteneció al presidente Porfirio Díaz.

Ese alguien, el más sonriente y mejor peinado de los 28 varones que posan en quizá la imagen más asombrosa de nuestra historia, era el hijo de Emiliano. Su nombre, Nicolás. Y éste, a su vez, era el papá de Jorge, el hombre que hace unos días me pidió tomar asiento en su sala. Alrededor nuestro, en una descuidada galería familiar, los retratos de padres, hijos, tíos se mezclaban, y entre todos ellos colgaban los del líder revolucionario de sombrero y ojos acuosos. Como un pariente más.

Han pasado 97 años desde que Zapata murió engañado en Chinameca y de toda su descendencia —cientos, pues tuvo hijos con al menos 15 mujeres— el único que sostiene de manera pública su espíritu guerrero es su nieto Jorge.

Consiguió que hace casi una década el gobierno estatal renunciara a crear cerca de Anenecuilco —donde Emiliano nació— un basurero a cielo abierto. Logró que la minera canadiense Esperanza Silver desistiera de explotar en Tetlama una mina de oro que, según este líder regional, arruinaría el medio ambiente. Y hoy dirige un movimiento para que su municipio, Ayala, no ceda el agua del río Cuautla a la termoeléctrica española Abengoa, que ya opera en el pueblo de Huexca.

-¿Y cómo es que esa planta funciona?

-Con agua robada al ejido Gabriel Tepepa. Necesitaban enfriar las turbinas y con sus firmas los comisariados corruptos les dijeron: tengan el agua del río. Les prometieron una pensión mensual pero ahora que se venció el acuerdo por un año no les dan nada. En letras pequeñitas pusieron en el contrato: tras un año la Comisión de Luz no tiene que dar un peso. Se quedaron sin mensualidad y sin agua.

-¿Y ustedes qué harán?

-Creían por sus carteras llenas los campesinos venderíamos nuestra agua. Son 26 ejidos que subsistimos de este río desde nuestros abuelos: 10 mil 800 hectáreas se abastecen de esa agua de riego. Con tal de tener su termoeléctrica no les importa secarnos. Así se escudan: “es en beneficio del pueblo”, pero secar nuestros ejidos no es ningún beneficio. Los campesinos de Morelos hemos luchado pacífica y jurídicamente pero mientras no haya sangre no habrá solución-, suelta.

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Muy cerca de donde hablamos, el Río Cuautla que Jorge defiende con rabia corre en un espeso y nauseabundo torrente verde.

-¿Por qué está así?-, lo cuestiono.

-Me tocó nadar, pescar y beber en esas aguas cristalinas. Pese a que con el tiempo las industrias las contaminaron, con ellas aún sembramos: al día mandamos 40 camiones de hortalizas a la Central de Abastos. Sin esas aguas todos los campesinos estamos condenados a la miseria: a los mayores de 40 años las empresas con que piensan industrializar el estado no les darán empleo. De un modo u otro, las tierritas nos dan de comer. Si vendemos maicito y frijol podemos comprar un kilo de carne.

-Hábleme de su abuelo-, le pido.

-Dicen que mi abuelo el general no entraba al frente, pero mi papá me contaba que (en las batallas) hacía punta de lanza. No como ahora, que los generales ordenan a la tropa y se van. Y sí, robaban ganado, pero era lo propio de una guerra: había que comer. Muchos dicen: “Zapata era un indio ladino roba-vacas e ignorante”. No es cierto: era inteligente, e imagínate las necesidades de esa Revolución. El general y su tropa estaban cansados por falta de alimento y apoyo. Luchar 10 años así fue muy difícil. Me platicó mi papá que el general un día se cansó y le dijo que moriría para que la Revolución triunfara. Dos meses antes de que muriera en Chinameca sabía que lo matarían, pero creía que se había logrado el cometido. Y no fue así. El gobierno persiguió a unos sobrevivientes: a muchos los mató, a otros los compró. La Revolución quedó trunca. Estamos igual que en aquella época. Y con la pobreza que crece, nos volveremos rateros de comida. Pero al paso de los años a Emiliano Zapata nadie lo olvida. En cada campesino hay un Zapata y eso se le está olvidando al gobierno.

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