10 de febrero 2023
Por: María Isabel Mota

Memoria saturada

Fotografía:

Compra espacio, rentalo. Ponle contraseñas seguras. No dejes que nada ni nadie te quite lo que recuerdas. 

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Me rehúso a borrar fotos y videos y la nueve que los alberga ya no puede contenerlos sin ampliaciones. Me rehúso también a rentar más espacio.

Mis recuerdos parecen no tener dónde albergarse y una notificación de desalojo les amenaza. Paso mi dedo sobre las fotos y videos que no se reproducen automáticamente porque no están ahí, en mis manos ni dentro del dispositivo, son sólo una muestra de lo que está retenido en ese almacén intocable, donde mi pasado fue capturado en esta promesa imposible de cumplir: no perderlo nunca.

“Hay que usar la capacidad que tenemos para modificar imágenes y procurarnos recuerdos imposibles”, dijo mi espejo, mi compañía, que sabe de los peligros del cuerpo al envejecer porque se mantiene de estudiarlos, atenderlos y procurarlos.

 Ambos crecimos entre paredes repletas de imágenes donde quienes nos criaron aparecen en cenas, reuniones y eventos con celebridades, gobernantes, gente premiada con reconocimientos internacionales.

Una foto donde ganes un Mundial, te conviertas en EGOT. Donde llenes estadios, donde la gente te aplauda, insiste en la instrucción casi como si recetara hacerlo, vaya, la profesión le asiste a la ocurrencia surgida de la incomodidad que da la incertidumbre de perdernos en nuestros recuerdos, en un futuro que momento a momento es más cercano. 

La memoria se rompe con los años si no la ejercitas, como cualquier músculo, y mi interlocutor, que lidia con la degeneración del cuerpo y sus molestias de manera cotidiana, sugiere que modifiquemos las imágenes que tenemos ahora para que cuando la memoria se rompa, esas imágenes nos hagan recordar un pasado tan intocable como las mentiras que profesa.

Mis paredes están llenas de acuarelas, dibujos, óleos, acrílicos y fotografías sí, pero pocas son cotidianas. Esas están guardadas en cajas, donde el sol y el polvo no borre esos recuerdos que no son solo míos, sino de mis progenitores, mis hermanes, sus hijes. Mis primeros años, mis primeros amores aún se conservan en ese papel donde los laboratoristas imprimían jugando con químicos y luz los recuerdos que escogíamos cuidadosamente antes de hacer clic en esa caja de luz portátil que llamábamos cámara.

Me tocó crecer para ver a la fotografía revolucionarse y seguir haciéndolo sin fin, como el arte que es. Desde hacer cita para que un profesional tomara mi retrato y el de toda mi familia para después encapsularlo en acrílico, hasta darle mi imagen,  ya retocada por un lente dentro de una computadora portátil, fuera entregada a una inteligencia artificial que modificará esos pixeles para simular el estilo de millones de artistas. Me tocó que una foto nunca diga la verdad y que todes lo sepamos.

Borrar los recuerdos o revisar uno por uno para escogerlos y así impregnarlos de merecimiento: “A ti sí te guardo, a ti no”. Como si lo vivido tuviera que pasar por concurso y competencia en mi memoria, como si mi memoria no viviera en mi cuerpo, que no paga renta en una nube intangible, que todos los días cobra oxígeno y recursos no renovables.

– Tengo que borrar videos, cualquier archivo de gran tamaño.

– Pásalos a tu disco duro.

– Para hacerlo, tengo que armar un zip, que se envía a un servicio que no pienso contratar.

– ¿No puedes descargarlos nomás así?

– No, no me da esa opción, no al menos en paquete. Si quiero hacerlo, guardar todo en mi disco duro, debo hacerlo uno por uno.

– Pues estamos igual. Mi disco duro externo no jala. La compu no lo quiere leer. Suena, pero no lo lee. Si se chingó, ahí van todos mis recuerdos, todos los diseños del negocio, mi vida entera. 

Entonces comienza una batalla con la memoria. Fotos de comida, de felinos, de atardeceres y amaneceres, de recibos de pago de servicios, de estados de cuenta, de documentos oficiales y de conversaciones que aún existen en la memoria donde fueron creadas pero que necesité, compulsivamente, tomarles foto.

Crecí en una época donde ejercitar la memoria era un acto calificable por las boletas de calificaciones. Durante mi educación básica participé en concursos donde mi capacidad de recordar cómo se escribe una palabra, cómo se nombran los estados y sus capitales, cómo se conjugan los verbos en todos sus tiempos y personas, cómo se multiplican y dividen los números. Y los ganaba.

Mi padre me daba dinero cada vez que yo recordaba quién le saludaba cuando él no podía recuperar rápidamente ese dato. Cuando sabía dónde había colocado tal objeto o papel que ahora necesitaba. Yo era la nube de quien hoy es recuerdo en otra.

La memoria me fue rentada en cuanto un dispositivo me ofreció no ejercitarla.

Borrar o no borrar los testigos de lo vivido. Un dilema moderno que atraviesa la economía, la adaptabilidad a la tecnología, la socialización de los recuerdos. Atraviesa todo, menos mi memoria.

Yo he decidido borrar. Y llevo semanas haciéndolo, despidiéndome poco a poco de cada recuerdo guardado sin polvo pero con una nata rancia, de cada foto, video y reacción en las plataformas de redes sociales, en los servicios de almacenamiento e incluso los dispositivos físicos.

“Dulce tentación de dejarlo todo”, suena de fondo mientras voy presionando enter a cada confirmación alarmada del sistema: “Esta acción no se puede deshacer”. “La última mudanza debe ser la más ligera”, le responde el eco en mi estudio y una nunca sabe cuándo se hace esa última mudanza, pero lo que sí sabemos es que segundos antes, tu cerebro puede acceder a esos recuerdos, a veces de manera vertiginosa. Y son míos, nacieron, crecieron en mí. No pagan renta. 

Un texto por María Isabel Mota

Maríaisabel Mota es chilanga, cuarentona, crazy cat lady y publica sus piensos desde 1993, cuando para leer opiniones había que ir a la esquina a comprar el periódico. 
En este espacio comparte lo reflexionado sobre ser paciente de carrera y lectora compulsiva. También puedes leerla en El DepreBook, crónica de una paciente de carrera.

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