La bailarina que explora la CDMX

Para entender la relación entre cuerpo y entorno, Tania Solomonoff se metió a gimnasios populares y organizó clases de danza en calles del centro.

FOTOS: LULÚ URDAPILLETA

El cuerpo humano es como una bolsa de carne que contiene vísceras, huesos, emociones y pensamientos. También es la herramienta y el objeto de estudio de la bailarina, coreógrafa y gestora cultural Tania Solomonoff, quien desde hace años se dedica a analizar las interacciones entre cuerpos. Por ejemplo, la de aquellos que forman una pareja de baile, la que se produce en un colectivo e incluso la que ocurre en las grandes ciudades.

Aunque nació en Argentina, Tania creció en varios países. Actualmente vive en la CDMX, donde en 2015, como parte de una residencia artística en Casa Vecina, realizó uno de sus proyectos más recientes: Coser.

Se trata de una investigación con la que observó los movimientos de los cuerpos en la ciudad, principalmente en el Centro Histórico y en sus gimnasios y salones de baile, como el Paraíso, el Tropicana y el Salón Los Ángeles. Su objetivo era indagar cómo el entorno influye en las personas y de qué forma el baile puede modificar tanto las actitudes como los comportamientos.

Para ello, también organizó clases de baile popular-urbano en Casa Vecina y en el atrio de San Francisco, donde por primera vez se animó a desarrollar un proyecto masivo con alrededor de 200 alumnos.

Antes de esto, sus piezas coreográficas no pasaban de contar con cinco intérpretes, pues confiesa que prefiere coordinar a grupos reducidos.

“Tengo miedo de trabajar en colectivo”, admite, aunque también dice estar segura de que la danza es otra forma de vencer temores. “Todo está coreografiado previamente. Lo único que tuve que hacer fue soltarme y aprender de los otros cuerpos y sus realidades”, explica.

Bailarina nómada

Para Tania, el baile es apenas un pretexto para explorar otros temas. Por ejemplo, las transformaciones anímicas y físicas que experimentan durante una clase las personas a las que enseña.

Otro es el gozo, un concepto que la artista define como “la trascendencia de uno mismo, [pues] te vuelves parte de una colectividad y tomas conciencia de que todos hemos vivido más o menos lo mismo”; uno más es la apropiación de territorios a través del movimiento.

“Al bailar intercambiamos información sobre nuestra identidad: ¿Quiénes somos? ¿Qué es esta ciudad?”, dice.

De estos temas, uno sobre los que más ha reflexionado es el territorio. “Yo he vivido cada lugar donde he residido a través del cuerpo y de sus danzas”, comenta sobre su condición de nómada.

Cuando tenía dos años, su familia se exilió de Argentina a causa de la dictadura militar. Desde entonces, su infancia y juventud transcurrieron en puntos tan distantes como Francia, Mozambique, Canadá, Italia y México.

“El tránsito me ha llevado a cuestionarme sobre la identidad. Mis procesos de adaptación se volvieron herramientas para tratar de entender cómo procesamos toda la información que nos atraviesa”, dice.

“Apenas cambias de residencia y ya no eres la misma persona: se transforman tu postura y manera de caminar, porque el cuerpo se expande. No termina en la piel, sino que tiene continuidad en la ciudad, los objetos, el país que habitas”, agrega.

Para Tania, en pocas palabras, el cuerpo geográfico influye en cómo se comporta el cuerpo individual.

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El poder de la danza

En México, para entender cómo se relacionan la capital, los colectivos y las personas a través del baile, Tania se inscribió a clases en gimnasios y salones del Centro Histórico. A partir de ahí, empezó a ver no sólo cómo puede cambiar la rutina de una persona, sino su forma de sentir su entorno.

“Lo primero que ocurre es que sientes la ciudad de otra manera. Cuando te transportas al salón, las calles que desconocías, y que incluso te daban miedo, se vuelven familiares. Te las apropias”, dice la artista, quien cree que el baile tiene un efecto “restaurativo” porque ayuda a la sociedad a reponerse de los efectos de la violencia, como dificultar la interacción con otros.

Después, ya en las clases, Tania comenzó a enfrentar sus propios prejuicios. Siempre había pensado que el zumba era “un asunto mecánico y aeróbico sin más contenido”, pero descubrió que es una actividad catártica: “Tejes relaciones de género. Las mujeres que asisten experimentan el goce del cuerpo: gritan, se ríen. Es una fuerza colectiva liberadora y orgásmica. Eso es lo que a mí me interesa”.

Finalmente, encontró que en estos espacios se forman comunidades. Con el tiempo, la convivencia extiende hilos entre quienes se reúnen en un salón para mover el cuerpo.

“Hay toda una historia en torno al baile, desde las motivaciones por las que uno asiste o da clases, que tienen que ver con por qué lo hace, a quiénes se ha conocido, a quiénes se enseña y de quiénes se aprende. La vida entera se teje en torno al acto de bailar”, dice Tania, convencida de que los capitalinos pueden aprender más de sí mismos si revisan a qué ritmos y con qué pasos se mueven.

En cifras

  • 20 años tiene Tania de vivir en México; en ese tiempo también ha viajado a otros países.
  • clases de baile popular-urbano organizó como parte de su proyecto artístico Coser.
  • 200 personas participaron en las clases que dio en la zona centro; en el público hubo otras 200.