Opina, opinador

¿Por qué existen los “opinadores”? ¿Por qué, y personalizo el asunto ya que formo parte de ellos, se toma uno, como opinador, la molestia de abrir la bocota o aporrear el teclado, ya sea todos los días o una vez a la semana o, de perdida, de cuando en cuando? En estricto sentido, son francamente muy pocos los que pueden afirmar que se expresan en público sobre esos temas que los periodistas llaman “coyunturales” por exigencia multitudinaria o por aclamación popular (el último gurú al que recuerdo que los medios preguntaban de todo y en automático era el difunto Monsi, quien, claro, con los años se convirtió en una verdadera máquina de expeler comentarios ambiguos y venenosos sobre cualquier tema bajo el sol… pero Monsi sólo uno hubo).

No: generalmente, quien escribe columnas, habla en radio o graba un video y lo transmite por red, responde una pregunta que considera implícita y que está en el aire, lista para ser abordada, pero que nadie en concreto le hizo. Hablamos, pues, porque sí, porque tenemos el espacio y creemos que hay algo que vale la pena decir, o algo que debemos poner sobre la mesa porque nadie más lo ha hecho. Eso en la de buenas, desde luego, porque hay también algunos que opinan nada más porque pueden, es decir, porque les conviene y porque sacan de ello un pago, una ventaja o una serie de beneficios por defender a Zutano o hincarle el diente a Perengano.

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¿Cómo avanzar y discernir cuáles son las mejores plumas entre esa apretada multitud de artículos, blogs y cuentas que abarrotan compulsivamente nuestros medios y redes? La mayor parte de quienes leemos columnas de opinión con frecuencia solemos atenernos, para tomar esa decisión, a un referente simple: nuestra cercanía o lejanía con las ideas presentadas. Pero quizá no leemos lo suficiente entre líneas y pasamos por alto ciertos factores que no carecen de importancia. Por ejemplo, que algunas ideas expuestas podrán concordar superficialmente con las nuestras pero que, puestas en boca de uno de los tantos mercenarios de la pluma como los que saturan los medios, adquieren un matiz siniestro del que conviene cuidarse. (Con las ideas contrarias hay menos problemas, porque el hecho de que un tonto sea honesto al opinar, y no lo haga por estar maiceado, podrá ser moralmente admirable pero no le quita lo tonto.)

El asunto, en el fondo, no tiene una respuesta fácil pero sí coordenadas claras para ubicarse. Groso modo, hay opinadores listos y honestos a los que conviene leer para nutrir la ideas y también una pequeña banda de listos maiceados a los que hay que seguir, de tanto en tanto, para ver en qué anda el mal y por dónde vendrán los discursos de sus patrones. Y, finalmente, torpes de todos los colores: abundan. Salvo que seamos masoquistas me parece que es mejor evitarlos.