Aguas, Rogelio

Hay un síntoma de un padecimiento que podríamos llamar “envenenamiento mental por nacionalismo revolucionario” y que resulta inocultable: la terca obsesión por repetir como mantra aquello de “la ropa sucia se lava en casa” y sostener que ningún extranjero debe pronunciarse sobre los asuntos mexicanos, porque eso “nos denigra” o porque a él qué fregados le importa. “Que le apliquen el 33”, vociferan, tradicionalmente, los defensores de esta postura. El artículo 33 constitucional, por si el lector no lo recuerda, establece que “los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país”.

Lo que se les olvida a estos entusiastas defensores de la honra patria es que nuestras leyes no las bajó Moisés del monte Sinaí (escritas en piedra por la mano del Jehová bíblico), es decir, que no son mandatos divinos e incuestionables, sino que las hicieron y las mantienen allí (cuando les conviene, porque algunos artículos mucho más importantes han sido reformados o desechados a conveniencia) personas con nombre, apellido e intereses muy claros, uno de los cuales es innegable: la tradicional obsesión priista por no recibir críticas de ninguna clase y por responder a ellas a macanazo limpio o con la mayor virulencia posible (de lo cual dan cuenta un abanico de acciones que va de la represión de los cuerpos armados institucionales a las acciones de los ejércitos de bots amenazantes en las redes, etcétera).

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La idea de que un extranjero (en este caso, el músico Roger Waters, aunque antes se ha utilizado contra personajes variopintos: el Vargas Llosa de “la dictadura perfecta”, el cantante Sabina, una multitud de defensores de los derechos humanos…) no tiene derecho a opinar sobre lo que pasa en México es francamente fascista. Y significa también, universalizando el razonamiento, que nosotros no deberíamos de ninguna manera opinar sobre Trump (o cualquier aspecto de la vida estadounidense) y que deberíamos proponerle al resto del mundo disolver los organismos internacionales de derechos humanos, los tribunales internacionales y clausurar los trabajos académicos que osen estudiar la política de una nación extranjera.

¿Qué tipo de persona piensa que existen oscuras conspiraciones internacionales contra su país y que por ello conviene que los extranjeros mantengan la boca cerrada? En este momento recuerdo una: Gustavo Díaz Ordaz. Esa fue una de las razones que arguyó para la masacre del 68. Que los estudiantes que protestaban eran manipulados o directamente pagados por agentes de una conjura internacional.

¿Qué clase de país pretende imponer controles sobre las opiniones? Una dictadura. ¿Qué clase de personas exigen a las autoridades perseguir, expulsar y callar a un crítico del Estado? Los fascistas. Que el artículo 33 siga en la constitución no significa nada. También hay artículos que proscriben el asesinato y el secuestro y miren para lo que sirven. Que no nos gane el priista interior.

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Escritor mexicano nacido en Guadalajara. Autor de las novelas "El buscador de cabezas", "Recursos humanos", "Ánima", "La fila india" y "Méjico".