Ni los veo ni los oigo

El “nuevo PRI”, comandado por ese heroico baluarte de campaña en el que se convirtió el Atlacomulco Team para Donald Trump, empezó el sexenio con amplios afanes reformadores. Conforme avanza el sexenio, el ADN de las huestes tricolores ha resultado más poderoso que las convicciones de cambio: el “nuevo PRI” ha ostentado los arraigados cimientos que sostuvieron al Revolucionario Institucional en el poder durante más de setenta años. Increíblemente no son sólo la rapaz corrupción y el perene estancamiento económico las dos únicas variables que contravienen el discurso de cambio; además de estas dos enseñas de los regímenes priistas, hay un elemento adicional que el gobierno federal ha ostentado desde su comienzo: el autoritarismo intransigente.

Bajo el mantra de “Ni los veo ni los oigo”, frase célebre de uno de los padres políticos de Peña, el Presidente sigue fiel a la escuela que lo catapultó a La Silla: es incapaz de salirse de su guión como si tuviera inoculado en su mente el teleprompter de un noticiario de Televisa. Tanto en sus primeras declaraciones tras la visita de Trump, como en el patético rifirrafe que sostuvo con el periodista Carlos Marín, lo único que el Presidente ha alcanzado a balbucear es: “En su momento se entenderán las razones de nuestro proceder”. Acorralado, con la investidura presidencial arrastrada por el suelo, humillado y avergonzado incluso por algunos de sus voceros en la prensa nacional, en el culmen del oprobio público y con un sitio asegurado dentro del selecto y nutrido grupo de presidentes mexicanos detestados, Peña Nieto sigue esperando que llegue un mejor momento para abrir su cerrazón, mostrarse como un ser humano y conectarse con el país al que representa.

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Pero, ¿cuál será ese momento que Peña Nieto está esperando para explicar las razones que conducen sus pasos? Su sexenio ha logrado la difícil tarea de opacar aquel nefasto y trágico de Felipe Calderón. Según un análisis realizado por el Semanario Zeta, durante los primeros 32 meses del gobierno de Peña Nieto, se han reportado 57,410 averiguaciones previas por homicidio doloso, mientras que en el mismo periodo, durante el sexenio de Calderón, se reportaron 47,988. Estas cifras —se sabe— son muy inferiores al número real en la medida en la que provienen sólo de las averiguaciones previas consignadas y no toman en cuenta la epidemia de fosas clandestinas o los asesinatos realizados por fuerzas adscritas al Estado que no llegan jamás a los derroteros del poder judicial. Además las “reformas estructurales” han encallado en sus respectivos procesos de instrumentación y los escándalos de corrupción asociados a su círculo más cercano siguen floreciendo.

El Presidente se queda cada vez más solo y ese desamparo se traduce en un cierre de sexenio incierto, ambivalente y ominoso. Insiste en presentar cifras de empleo e inflación como los grandes logros de su sexenio mientras el des-gobierno o el gobierno del crimen organizado sigue atravesando la gran mayoría del territorio nacional. De manera perversa, en medio de su debacle, el Presidente ha encontrado por fin un punto en el que representa al país que gobierna: ambos parecen estar sumidos en una trampa sin acceso al futuro.