El lugar donde los mexicanos son felices

Un día conversando con Facundo Cabral me contó una historia difícil de creer sobre la madre Teresa de Calcuta, recientemente canonizada.

Resulta que la madre Teresa visitó a la Ciudad de México y se encontró a su amigo Facundo Cabral.

No tengo idea el porqué se hicieron amigos. Asuma el lector que la amistad siempre será un misterio traicionero y que un día ambos tuvieron una charla célebre en la que “Fecundo Cabrón”, como le decía José Alfredo, le preguntó a la Madre:

—¿Cuál es el lugar del hombre?

—Donde sus hermanos lo necesitan— respondió la religiosa.

En esta ocasión que les narro, fue la madre Teresa quien preguntó al poeta cantor algo quizás más difícil de responder.

—Dime, Facundo, ¿dónde están los mexicanos felices?

Cabral conocía bien México y, si bien sabía que había mexicanos felices, no supo de momento qué decirle a la Madre. La felicidad, más que estar en un lugar, suele aparecerse en ciertos momentos, pero la pregunta de la Madre era muy específica y no podía quedar sin respuesta.

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Facundo paró un taxi amarillo junto con la madre Teresa y le dio las instrucciones precisas para tomar el Eje Central, y conducirlos a la Plaza Garibaldi. La Madre guardaba silencio y sonreía confiada en que su amigo sabría llevarla a la fuente de la felicidad de los mexicanos.

Descendieron del taxi en la Plaza Garibaldi, no sin antes ser perseguidos durante cuadras por esos mariachis mezcla de rarámuris y atletas olímpicos con sombrero de charro.

La madre Teresa de Calcuta atravesó la Plaza Garibaldi del brazo de su barbado amigo entre el sonido indescifrable de los mariachis y tríos y redovas ahí reunidos; la síntesis amorfa del sentimiento nacional.

Y entonces entraron por el portón de madera al legendario Tenampa, el lugar elegido por Facundo para responderle a la madre Teresa dónde es que los mexicanos eran felices.

—Madre –le dijo Facundo—, este es el lugar por el que me preguntó.

La madre Teresa abrió lo más que pudo sus pequeños ojos y miró ese extraño y colorido lugar donde, de pronto, los mariachis callaron.

Facundo Cabral no pudo anticipar que al entrar al Tenampa los borrachos y las borrachas ahí reunidos, bajarían inmediatamente sus tragos y guardarían un abultado silencio, junto con los músicos presentes. Pensaron quizás que esa inesperada visita era una especie de “operativo moral” en el que la Madre verificaría que no estuvieran cometiendo algún pecado.

—¡Por favor!— dijo la madre Teresa al ver la situación—, ¡sigan siendo felices!

Pero la gente en el Tenampa miraba a la Madre con asombro y no se atrevía a dar un sorbo a sus tragos. Facundo le aclaró al respetable:

—Amigos míos, la madre Teresa viene a ver cómo es que se divierten y son felices.

Así, poco a poco, los mariachis fueron regresando a las canciones y los borrachos a sus tragos, no sin cierto pudor de tener en la cantina a una Madre —santa en ciernes—que los había puesto en el predicamento no sólo de ser felices, sino además de parecerlo, algo que ahora se nos ha facilitado considerablemente porque parecer felices es ya lo único que nos queda.