Coyoacán, retrato de un chiquero

Hace cerca de un año, empezaron a aparecer por Coyoacán camiones de comida, mejor conocidos como food trucks, en cuyo contenedor se improvisan cocinas, que lo mismo pueden ser de mariscos, tacos o pizza. A mí la idea me parece buena, dado que la comida lo es y, al parecer, cumple con las normas de salubridad. Sin embargo, cuando uno de los dueños me explicó que, para obtener el permiso de la delegación, había sido necesario pagar mucho dinero “por fuera”, dejaron de parecerme tan limpios. Me acordé de un par de amigos restauranteros a los que esa autoridad constantemente le pide contribuciones para la campaña de tal o cual político y, cuando alguno se niega, le clausuran el negocio sin más trámite. También me acordé de los dueños de una excelente escuela de yoga a los que les cerraron el centro porque no querían regularizar el permiso de suelo, pagando millones para cambiar el tipo de negocio al que tenían derecho. Podían fabricar químicos, pero no meditar en ese predio.

Coyoacán es el barrio donde un sector importante de los capitalinos pasea los fines de semana, donde la gente celebra el Día de la Independencia, el Día de Muertos o de los Reyes Magos. Como el Zócalo, como Xochimilco, es patrimonio de todos los mexicanos y también nos concierne a todos lo que suceda aquí dentro.

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Lícita o ilícitamente, Coyoacán es una de las delegaciones más prósperas de nuestra ciudad. En días como hoy, por ejemplo, en que decenas de puestos de comida y otros comercios se instalan en la vía pública, la delegación cobra un permiso especial. Sin embargo, ¿qué hace con estos recursos? Las calles, sin ir más lejos, están desde hace años llenas de agujeros. Si no me creen, los invito a que circulen por Ayuntamiento, París, Londres o Xicoténcatl. Es imposible avanzar en línea recta sin perforar al menos una de las llantas del coche. No por nada la escritora Margo Glantz asegura que Coyoacán, donde vive desde hace décadas, “volvió a ser Hoyoacán”. ¿Y qué decir de los peseros y los camiones de la colonia? Son mucho más viejos y están más averiados que en Iztapalapa o en Chalco. ¿Por qué el delegado, Valentín Maldonado, no invierte en ello? ¿Será que está juntando, como hizo su predecesor y jefe, Mauricio Toledo, hasta que consiguió comprarse una mansión en Francisco Sosa, junto a la de Miguel de La Madrid? Claro que para eso el sueldo de delegado no alcanza… Yo, como soy muy ingenua, no pierdo las esperanzas: esta mañana, mientras caminaba de mi casa al banco, descubrí emocionada que por fin la delegación había gastado unos pesos en las áreas públicas para rodear las jardineras del centro con un altísimo alambrado, tan bonito que me recordó el del apartheid en Sudáfrica. Supongo que le habrá resultado inspirador para dar el grito de independencia. Ya me dirán ustedes. Yo, la verdad, preferí quedarme en casa, para evitar sentirme atrapada en el corral de una granja.