Postal mexicana

Los que me conocen saben que el síndrome del Jamaicón es fuerte en mí.

Durante un mes estaré alejado del sol avaro de la Ciudad de México, de los Pípilas de bocinota que venden CD´s pirata en el Metro, del muégano de marchas a dos cuadras de mi casa y de los empates a cero en la LigaMX. Uno puede sentir melancolía de las cosas más insospechadas. En todo caso creo que me hará bien descansar un rato de todo eso.

Tan desmañanado como desvelado, tomo un taxi en mi sitio de confianza a dos cuadras de Paseo de la Reforma. Cabe constar que jamás he estado en el viejo continente. El conductor es un señor ya grande que le dice Uberto a todos los choferes de autos que toman decisiones contrarias a las que él tomaría. “Ya los ubico”, me comenta, “son una bola de pendejos”. Yo le digo que a mí también me cae muy mal dicha aplicación y que por eso prefiero un servicio, digamos, “artesanal” cuando abordo un taxi. Me espera un viaje de 11 horas cruzando el océano. Veo en mi teléfono fotografías de los mensajes contra Trump de la noche anterior en el primer concierto de Roger Waters. El jabalí volador con inscripciones a propósito de los normalistas desaparecidos. La enorme avenida color concreto que te lleva al aeropuerto de la Ciudad de México es sencillamente horrenda. A excepción del espectacular que consiste solamente en un gigantesco bolillo y una escultura vandalizada de Chaplin, toda esa vía es un monumento al lánguido eructo que los chilangos unánimemente llamamos hogar. Anoche llovió a manguerazos. El aeropuerto está a la distancia pero aún no es visible: metáfora de sabrá Dios qué. Tráfico a lo imbécil, como si en vez de querer llegar a un sitio fuéramos los cochecitos de juguete de un niño de cinco años. Ciudad de Ubertos que doblan donde no deben. Me rodea el rumor de los cláxones aunque nadie esté tocando el suyo. Kilómetros y kilómetros de desesperanza. ¡Adoro al D. F.! Cierro los ojos y siento el aire. Frío y ligero. Estoy expectante. Estaré un mes lejos de mi primordial tema literario. Recuerdo que no empaqué el talco para las patas, maldita sea.

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Pienso que lo último que veré de mi ciudad es una serie de vallas alineadas una tras otra con publicidad de la película Mi papá es un gato. Qué triste postal. Entonces el chofer me comenta que si ya vi que se alcanza a ver el Iztaccíhuatl. Me asomo. En efecto, luce precioso. El chofer me dice que quién sabe por qué esta temporada del año la montaña se ve más cerca. En efecto, se ve más acá. Trato de dibujar aquel contorno en mi memoria, cerca, más cerca…

Uno nunca está lejos de ser mexicano.

 

(Concluyo esta columna ya en Portugal. Debido a que llevo ocho meses desempleado el viaje en avión no se me hizo largo ni pesado. Acá todo es muy lindo y limpio. Los ancianos son felices, los papás juegan con sus niños y si hablas lento la gente te entiende a la perfección. El Guimarães perdía por 3 goles pero le empató al Sporting en los últimos diez minutos. Leo a Proust sin prisa. Pienso en Viera. Hice mis plegarias frente a un San Sebastián con telarañas finísimas entre flecha y flecha. Estoy contentísimo. Mando saludos y abrazos. Ojalá tuviéramos los seres humanos brazos tan largos como continentes).

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".