Las elecciones del odio

Esa madrugada, en una oscura calle de Nueva York a la que no alumbraban las marquesinas de la 5ta Avenida, esperé a que alguien me contratara para trabajar en un taller de costura. Hacía frío. Estuve varias horas junto a migrantes desconocidos que se jugaban en esa calle el único ingreso del día. Pero ese día nadie nos dio trabajo.

Cuando el sol nos confirmó nuestra mala suerte, algunos de esos grupos de desempleados que supieron que yo estaba recién llegada a Estados Unidos (pero no que yo estaba ahí para hacer un reportaje) me invitaron a acompañarlos para revisar opciones de empleo.

Me explicaron cómo buscar en los anuncios clasificados aún sin saber una pizca de inglés; me mostraron la escalera eléctrica de un centro comercial y me hicieron ensayar cómo se usaba, y ahí mismo, parados frente a un elevador, uno de ellos me dijo que no me asustara si la puerta se abre, y si, al entrar, el piso se mueve. La siguiente explicación fue en el Metro, donde se empeñaron a explicarme qué significa “Up” y “Down Manhattan”, y el peligro que corro de perder el trabajo si me confundo. Al terminar el recorrido querían invitarme a comer un pollo porque me imaginaban hambrienta.

Cada detalle me revelaba lo difícil que fue para ellas y ellos insertarse al añorado sueño americano. Lo sufrido que es sobrevivir día a día en este país tan distinto al pueblo que dejaron atrás. Las redes de abrazos que se tejen entre migrantes para sostenerse unos a otros.

A ellos los conocí hace muchos años, pero ahora que vivo temporalmente en Estados Unidos me vienen a la mente cada vez que prendo la televisión y escucho los discursos de odio contra la comunidad migrante en los que el señor Trump basa su campaña.

O cuando encuentro a adolescentes penando porque La Migra detuvo a su papá y lo aventó a México, de donde nunca podrá regresar.

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Se me aparecen también aquellos migrantes agonizando en el desierto de Arizona, donde los dejó el coyote: fue en 2002, 14 murieron deshidratados, los encontraron sentados junto a los vivos que ya se creían muertos; todos parecían momias.

Pienso en aquellos que son deportados de noche, a través de las fronteras más peligrosas como las de Tamaulipas y de inmediato desaparecen, pues los cárteles los atrapan y retienen como esclavos.

Pienso en el muro fronterizo fortificado y en los otros muros invisibles, en el cerco que tiende la policía militarizada en Honduras, Guatemala y México, en las bandas de asaltantes y violadores a punta de machete escondidos entre Chiapas y Oaxaca, en el tren donde muere la gente mutilada, en las casas de seguridad a lo largo del país repletas de secuestrados, en las fosas de Tamaulipas, en los ahogados en el río Bravo bajo la supervisión de la policía, en la cacería de los rancheros del lado americano seguidos por los encarcelamientos y las golpizas de policías y de juicios injustos.

Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos no nos son ajenas cuando la propuesta de campaña que va ganando apoyo se basa en la persecución y el odio, hacia millones de personas migrantes como aquellos desconocidos que me cuidaron esa mañana. Cuando está en juego tanto sufrimiento.

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Artículo anteriorEdición impresa 14/09/2016
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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.