Soy el número 16, el documental de los periodistas desplazados

“Morirse es fácil, les digo. Nada más se va la luz”. Así narra Luis Cardona su casi-muerte, el momento en que era asfixiado hasta llegar a la inconsciencia, torturado por policías de Chihuahua en castigo por estar investigando los secuestros de 15 personas. Él se convirtió en el 16. “No me mataron no sé por qué”.

Soy el número 16 es un cortometraje animado que se atasca en la garganta, indigna, saca lágrimas, provoca rabia… y ahora también causa orgullo: es el único trabajo mexicano entre los 12 finalistas del premio Gabriel García Márquez que reconoce a los mejores trabajos periodísticos de Iberoamérica. Es un corto realizado por periodistas desplazados, dedicado a tres periodistas asesinados, y una terrible metáfora de la situación del periodismo en México.

El cortometraje fue realizado por Rafael Pineda (Rapé) y Polo Hernández, un caricaturista y un periodista que tuvieron que salir huyendo de Veracruz con pocos días de diferencia para salvarse de las amenazas recibidas; en la Ciudad de México conocieron a Luis Cardona, quien después de muerto comenzaba una nueva vida lejos de Chihuahua.

A Rapé se le quedó atenazada en la mente aquella fiesta donde Polo le presentó a Luis, en la que terminaron llorando juntos al escuchar su historia.

Para hacer ese documental que dura 10 minutos tardaron un año, tiempo en el que el desafío fueron cuestiones emocionales más que técnicas.

¿Cómo hacer algo creativo y periodístico con la propia pesadilla? ¿Cómo se dibuja una tortura? ¿Cómo te proteges el corazón cuando revives tu historia a través del relato del colega? ¿Qué se hace cuando se cae en abismos creativos? ¿Cómo trabajar en un equipo donde la prioridad de todos es sobrevivir y lidiar con la propia pérdida? ¿Dónde se consigue dinero cuando ya no hay ahorros?

Otros caricaturistas, periodistas y un músico se aliaron con la causa y tendieron esos lazos que ayudan a escapar de calabozos (Alberto Rosas, Lú Soriano, Noé Lynn “La Dama”, Alina Rétiz, Santiago Pineda, Natalia Alonzo, entre ellos). Rapé invirtió sus ahorros, Rompeviento prestó su espacio para grabar, Periodistas de a Pie consiguió el dinero que faltaba y le dio plataforma para la difusión.

Soy el número 16 no es la historia de una víctima que quiere conmover, y eso no se cansan de repetir los directores. Es la historia de un periodista que hizo lo que tenía que hacer. Es la historia de un valiente que cuenta lo que es regresar de la muerte y cuya vida es testimonio de las cicatrices en el cuerpo, en la mente, en el alma que dejan los abusos del poder.

Es la historia de un equipo de sobrevivientes aferrado a seguir haciendo periodismo en pleno naufragio.

Este documental pudiera ser la historia de muchos periodistas desplazados que he conocido en México y Estados Unidos, a quienes he visto caminando como almas en pena, sin saber qué cubrir, con la mente pensando en la tierra donde su ombligo está enterrado, queriendo regresar a ver al padre enfermo, nerviosos porque quizás ya les desmantelaron la casa o el negocito que tenían ya quebró, empleándose de lo que sea, sin saber si hay horizonte. Atrapados en ese camino hacia ninguna parte. Cuidando esa llave que no abre ya ninguna puerta.

—La incertidumbre es lo que mata—, me dijo alguno en un bar en la Ciudad de México, donde la mayoría recala.

Varios renunciaron o fueron despedidos cuando por salvar la vida faltaron a su trabajo. Los que regresan –muchas veces empujados por la soledad—son tratados como enfermos terminales por sus propios colegas, como si todo mundo supiera que su destino es ser el próximo “ejecutado”. Y algunos no se han salvado de ese augurio.

Recuerdo aquella mañana en la que junto a Rapé, Daniela Pastrana y Balbina Flores estuvimos escuchando las historias de otros periodistas de Veracruz y Tamaulipas recién llegados a la Ciudad de México. En una servilleta garabateé fragmentos de sus testimonios: “…antes que psicólogo necesitamos trabajo… tuvimos trabajos temporales que se acabaron… en los mecanismos de gobierno sólo me engañaron, fui su conejillo de indias… uno ya sabe qué esperar de los malandros, pero no está preparado para que te traten así de los que atienden a las víctimas… cuando recibo una llamada de allá vuelvo a revivir todo, no lo he superado…”

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Cada que explorábamos posibilidades para ir comentando su nueva vida surgían obstáculos insospechados.

¿Casa?: “No podemos rentar porque no tenemos aval”.

¿Seguro Popular?: “No traemos papeles de identidad, los dejamos todos allá”.

¿Trabajo?: “Nadie nos conoce, no nos dan referencias para conseguir y además la gente desconfía de nosotros”.

¿Freelancear?: “Lo haríamos, si tuviéramos internet, pero no podemos contratar teléfono, estamos en un cuarto ajeno, no nos alcanza para pagar nada más”.

Desde ese día noté que a Rapé ya le zumbaba esa idea de juntar a todos los periodistas sin tierra para hacer algo periodístico, de transformar la aparente derrota en luz. Para dejar constancia de estos tiempos oscuros. Lo demás ya es historia.

P.D. Con esta columna me despido de este espacio. Después de ocho años de cubrir historias sobre las víctimas de la violenta guerra mexicana, haré una pausa para dedicarme a estudiar. Con otros 22 periodistas internacionales soy becaria de la Fundación Nieman, en Harvard, desde donde intento tomar aire, absorber la belleza del paisaje y mirar a México desde el balcón, no desde el terreno, intentando descubrir por dónde seguir y experimentar otras maneras posibles para contar lo que ocurre en México. Muchas gracias a Máspormás por el espacio y a ustedes por haberme acompañado cada miércoles.

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.