Un poco de amor entre tanto odio

Quizá fue en el quinto o sexto grado. Esas cosas se tratan de olvidar, para sobrellevarlas, para no voltear atrás, para repensarte sin el dolor. En esos días, alguien consideró que mis amigos y yo no éramos “normales” y que por tanto, nuestra vida merecía mofas, descalificaciones y bromas pesadas. Fui llamado “anormal” por esas personas que disfrutaban del combo completo: popularidad, viajes al extranjero, eran buenas para los deportes y sin duda tenían lo que se le llama “buena estrella”. Yo no me podía quejar, había sido un niño muy feliz en la primaria, me iba bien en la escuela y tenía amigos leales. Sin embargo, un día sin saber cómo o por qué, mis cuates y yo fuimos marcados como indeseables.

Quizá era nuestro aspecto, quizá era porque nos interesaba mucho la escuela, quizá nos lo teníamos merecido por no saber qué ropa estaba de moda o porque aún no habíamos tenido novia. No sé qué lo inició y tampoco creo que importe, porque a resumidas cuentas, por un tiempo viví la fragilidad y el dolor por no saber qué es lo que estaba mal conmigo que me hacía tan repulsivo a los demás.

Esta fase terminó así como llegó, de manera abrupta y sin ninguna explicación. Sin embargo, desde ese momento me prometí que no formaría parte de la cultura de odio, tan extendida en nuestra comunidad, al “diferente”. Esos momentos marcaron la manera en que entiendo y veo la sociedad incluso hoy en día.

Fiel a esto, a lo largo de mi vida he buscado construir vínculos que se basan en el amor hacia el prójimo, en la búsqueda de nuevos aprendizajes, en la dicha de compartir un camino. Nunca me ha importado la orientación sexual de quien tengo frente. Eso me ha permitido conocer personas hermosas, valiosas y llenas de amor que entienden a la familia de maneras diversas.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE PEDRO KUMAMOTO: EL ACIERTO MÁS GRANDE DE PEÑA NIETO

 He conocido abuelas que crían a sus nietos; también he tenido el gusto de conocer a madres solteras que sacan adelante a su familia; desde luego, conozco familias que tienen un padre y una madre, dos padres o dos madres. En todas ellas he encontrado un fulgor hermoso que proviene de la generosidad y el amor constante que provee cada persona que participa en esta unión. Por eso, cuando hablamos de familias, yo sólo puedo ir a lo que he presenciado: el amor sin límites de dos o más seres humanos unidos de por vida, o durante un buen pedazo de ella. Sin etiquetas, sin sobrenombres, sin estigmas.

Por eso, duele ver tanto rechazo en nuestro país hacia la diferencia, hacia lo ajeno, hacia las demás formas de vida. Estoy seguro que una gran cantidad de ofensas e insultos que se esgrimen tienen como base el miedo a lo desconocido. Es un terreno en el que hay diferencias, que toca la esfera más íntima de nuestras vidas y que muy probablemente nos genera muchísimas dudas. Por eso, creo que en este momento necesitamos dar dos pasos para atrás y hacernos de información fidedigna, leer y siempre recordar que estamos hablando de personas, no de objetos o ideas. Que cuando despreciamos al diferente estamos negando su dignidad y valor.

He hablado con personas que frente a esta coyuntura me dicen no saber qué pensar, pues existen muchas mentiras y desinformación alrededor del tema. A estas personas les diría que mi familia, y tantas otras que he conocido, me demuestran que el amor hacia las demás personas nunca puede ser considerado como aberración, como antinatural o como indeseable.