Juan Gabriel: lecciones de un adiós

Una parte importante de mi niñez transcurrió en el Teatro Blanquita de la Ciudad de México. Tendría seis años cuando mi papá, reportero del periódico La Prensa en los años 70, el diario más leído del país cuyo símbolo era un León,  su slogan “El periódico que dice los que otros callan”, y la nota roja su plato fuerte, comenzó a llevarnos a Yolanda, mi mamá, mi hermano Ale y a mí a visitar ese sitio emblemático y vecino de Garibaldi.

Rara vez nos sentábamos en las primeras filas del teatro y casi siempre mi hermano y yo recorríamos los pasadizos que conducían a los camerinos sin que nadie nos dijera nada. Si alguna puerta estaba abierta, acechábamos para ver qué artista se preparaba, y cuando las bocinas anunciaban la tercera llamada corríamos a un lado de las cortinas gigantes que se abrían para mostrar el escenario.

El teatro siempre estaba a reventar y ahí vi por primera vez lo que hacía un artista, embelesado junto a las cortinas de terciopelo. Ale y yo contemplábamos sin pestañear a Carlos y sus muñecos Neto y Titino, mirábamos con morbo incierto a Lin May sacudir las caderas acompañada de un bongó, y nos impresionábamos con el talante sombrío de una señora que ya entonces nos parecía muy vieja, vestía un poncho colorado y se hacía llamar Chabela.

Mi papá y los artistas conversaban como si fueran grandes amigos y varios de ellos mencionaban con emoción que había estado en el teatro un muchachito muy serio llegado de Ciudad Juárez. Recordaban que casi nadie lo conocía, que no era famoso y que la primera vez que cantó dijo que no tenía mariachi ni orquesta que lo acompañara, pero que podía cantar si le prestaban una guitarra.

El cantante sin guitarra se llamaba Juan Gabriel y en esos años estrenó la primera canción que recuerdo y que memoricé sin pretenderlo: No tengo dinero.

A partir de esos momentos mi vida transcurrió ligada a Juanga y sus canciones. Antes de mudarnos a Mérida cuando recién había cumplido 15 años, mi hermano Ale y yo pasábamos noches completas cantando “Querida”, “Caray”, “La farsante” y “No vale la pena” en el sótano de la casa de la calle de Chihuahua en la colonia Roma, bebiendo ron con mis primos Javier y Nancy.

Después regresé a vivir a la Ciudad de México en enero de 1991 y llegaron muchas otras canciones. En las borracheras cantábamos a Juan Gabriel y una vez, como suele ocurrir en las reuniones familiares, acompañé a mi prima Mago a una fiesta de una amiga del primo de la novia de un amigo o algo así, y todos en la pachanga que era enorme cantamos “Amor Eterno”, recordando a uno de los hijos que se había ido antes de tiempo.

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Su muerte me sorprendió en Guadalajara, en el bautizo de Valeria, hija de Rodrigo el Chief Aguilar, un amigo entrañable de Washington. Maki llegó a donde yo estaba cerca de una piñata de Donald Trump y sin decir agua va, me preguntó: ¿Es cierto que murió Juan Gabriel? Le dije que no, que seguro era una noticia falsa, pero me mostró el celular y una nota que decía que un infarto lo había matado en California.

En ese momento muchas cosas —recuerdos, vidas apagadas, aventuras, fracasos, dolores y alegrías— surcaron mi cabeza. El 21 de marzo de 2015, un día que deambulaba por Coyoacán camino a una fiesta familiar, tarareaba a Juan Gabriel para aligerar el trayecto y de pronto me detuve y pregunté en mi muro de Facebook:

¿Qué porcentaje de la vida y el corazón de un mexicano es Juan Gabriel?

“No sólo de los mexicanos”, respondió Bahiyyih Maloney, desde Arizona”. “Ya pedos, 120%”, dijo Agustín Velasco. “La comadre Juanga es la Ley”, escribió Feny Patiño. “Para mi un 20% y Pedrito el resto”, advirtió Jessica Padilla. “Si le preguntas a las madres de este país, 200%”, aventuró Edith Pozos.

El domingo 28 de agosto no pude escribir nada de lo que me provocaba la muerte de Juan Gabriel. Estaba como aturdido y de manera inconsciente empecé a repetir en la cabeza una estrofa de “Ya no vivo por vivir”, que le había puesto mil veces a Namika en la casa. Cada vez que la tocábamos, terminábamos cantando “La Frontera” acompañados por Nicolás.

La muerte de Juan Gabriel tiene varios significados México y los mexicanos. Representa la partida del último de los ídolos populares y la extinción de un personaje capaz de unificar a un país siempre partido. En torno a Juanga convivieron y cantaron machos y gais, abuelas y nietos, políticos y pueblo, ricos y pobres.

El sábado me di una vuelta por Garibaldi con Almazán, Naye y Meño y escuchamos a miles de personas cantar decenas de canciones del ídolo de Juárez. El miércoles por la mañana supimos que al Palacio de Bellas Artes habían acudido a despedirlo más de medio millón, algo jamás visto ni en la muerte de Pedro Infante, María Félix y Cantinflas.

En una nación donde el presidente tiene los más bajos índices de aprobación de la historia y los políticos, sin importar su filiación, son incapaces de llenar una plaza sin repartir tortas y acarrear ciudadanos, es revelador que la muerte de un personaje público sea capaz de convocar a millones para cantar, llorar y recordar. En un país asolado por la corrupción, la impunidad y la violencia, resulta estremecedor que un cantante sea capaz de sacarnos a las calles a celebrar la vida.

La muerte de Juan Gabriel también es un recordatorio de lo que no hemos dejado de ser en el siglo XXI: un país clasista cuyas élites desprecian la cultura popular y una sociedad que tiene una cuenta pendiente con la comunidad gay: cuatro días antes de la muerte de Juan Gabriel, el PRI, su partido de toda la vida, anunció su rechazo a apoyar la iniciativa que el presidente Peña presentó sobre matrimonio igualitario, una propuesta impregnada de un inconfundible tufo oportunista.

Juan Gabriel se fue un domingo al mediodía y al partir nos dejó miles de canciones y algunas lecciones en ellas. “Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”, podríamos cantar ante un espejo y recordar todo lo que nos falta por hacer.