Conchas normales, por favor

 

Tan bonita que es la concha así solita. Suave como una almohada, acolchada, cubierta con esa pasta mantequillosa de azúcar y cacao que se deshace al morderla. Dulce, siempre dulce. La concha inspira poesía, así solita, como Dios la trajo al mundo. Por eso no comprendo el afán de convertirla en algo más si, así como es, es perfecta.

Esta semana internet enloqueció con las “manteconchas”, una fusión de mantecada y concha que inventó un panadero queretano porque por qué no.

Jesús y Leticia atienden la panadería El Manantial. Un día, cuentan, se aburrieron del trabajo repetitivo de todos los días y hornearon 23 mantecadas con conchas encima. Muy bonitas en sus capacillos rojos, gustaron a todos. Uno de los clientes las probó, les tomó foto, las subió a internet y horas después Jesús y Leticia estaban hasta la concha de pedidos. De 23 a más de 1,000 al día. Así es la viralidad.

Al día siguiente, Enrique, un panadero en Teotihuacán, sacó la “doncha” (dona + concha). Su invento no fue taaan exitoso, pero igual provocó RTs, Favs, Likes y varios emoji de desaprobación por igual.

No entiendo ninguno de estos nuevos panes, pero entiendo que como panadero —o cocinero— es fácil aburrirse de hacer siempre lo mismo y querer un poco de emoción. Seguro que así es como han nacido panes que ahora consideramos típicos —la tradición nació de alguna innovación—.

Pero como soy una purista del pan, prefiero ir a Costra (Av. Universidad 371, Col. Narvarte Poniente) o al Cardenal del Centro (Palma 23) a comerme una deliciosa y normalita concha de chocolate. Aquí, la costra de mantequilla, azúcar y cacao es una capa gruesa que cubre todo el esponjoso panecito, no una embarrada medio quebrada. Cuesta $25, pero comer pan dulce es un lujo para un adulto que quiere ser sano, así que nunca escatimo en estos menesteres.