La mente del Ku Klux Klan mexicano

A veces no vendría mal hacer lo imposible por pensar distinto, combatir como un león tus prejuicios y luchar por ponerte el disfraz de tu antagonista con tal de descubrirte navegando en los misteriosos entresijos de su mente. Quizá uno se llevaría una buena sorpresa.

El domingo emprendí ese esfuerzo.

Miré las fotos de las multitudes protestando contra el matrimonio homosexual en 124 ciudades de México para sentir qué me transmitían. No fue fácil: con su magnánimo blanco homogéneo sobre las calles imaginé al Ku Klux Klan, impecables sus militantes con los cónicos sombreros blancos, las máscaras blancas, las batas blancas con la rojinegra cruz en el pecho.

Pero como mi asociación entre la criminal, racista y homófoba organización estadounidense y las masas del cristiano Frente Nacional por la Familia eran otro de mis prejuicios, me regañé: “No atiendas las analogías cromáticas que son pura forma; mejor atiende el fondo: ellos también deben tener ideas”.

Las busqué. Abrí las fotos en mi PC para leer sus pancartas y así desentrañar la inteligencia de los inconformes que apoya el clero. Esto encontré: “Exigimos padre y madre para los niños, No al matrimonio homosexual, No exijamos a la ley lo que no dio la naturaleza, La mayoría queremos el matrimonio natural, Le recuerdo que usted es hijo de padre y madre”.

De pronto, ¡alerta!, me detuve un par de segundos más en uno de los carteles: “No a las iniciativas inmorales contra la voluntad de Dios”.

“La clave es Dios —me dije—. Si Dios no quiso que mujeres se unan en amor con mujeres o varones con varones, y menos aún que críen niños desamparados, esta blanca muchedumbre mexicana sólo defiende al Creador y lo que él dictó como ‘natural’. Lo que hacen es defender la psique y la palabra de Dios, de las que la humanidad tiene un soporte material: la Biblia”.

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Abrí las blancas (sí, blancas) puertas de mi biblioteca y miré con recelo la Biblia con forro de estrellitas que una novia de la adolescencia, Mijal, un día me entregó. A 23 años de ese regalo quería hallar las pruebas antihomosexualidad en la palabra del Señor. Me arranqué con el Génesis, pero mi impaciencia sólo me permitió llegar a “Y dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz”. Cerré la Biblia y prendí mi iPad, fuente alterna de sabiduría, donde más tarde quizá Dios misericordioso me envió un capítulo de la vieja serie The West Wing. En la Casa Blanca, Josiah Bartlet, presidente de Estados Unidos, recibe a la doctora Jenna Jacobs, host de una emisión nacional cristiana y radical.

—Me gusta su show— le sonríe el presidente—, me gusta que califica a la homosexualidad como una abominación.

—Yo no digo que la homosexualidad sea una abominación, señor Presidente. La Biblia lo dice—, le aclara ella.

—Sí, claro, el Levítico — precisa el político refiriendo al capítulo 18:22 que exige: “No te echarás con varón como con mujer: es abominación”.

El mandatario mira a los ojos a la dama y prosigue: “Quisiera hacerle unas preguntas, ya que la tengo aquí. Estoy interesado en vender a mi hija menor como esclava, como se establece en el Éxodo 21:7. Ella es una estudiante de segundo año de Georgetown, habla con fluidez italiano, siempre recogía la mesa cuando era su turno. ¿Cuál sería un buen precio por ella?”

No hay respuesta.

Alterada, la cristiana lo observa. Él prosigue: “Mientras piensa en eso, ¿le hago otra pregunta? Mi jefe de personal, Leo McGarry, insiste en trabajar en Sabbath (día de descanso). El Éxodo 35:2 lo dice claramente: debe ser condenado a muerte. ¿Estoy moralmente obligado a matarlo yo mismo, o llamo a la policía?”.

No hay respuesta.

El presidente hace a la mujer una pregunta más, evocando al Levitico19:19: “¿Es necesario que el pueblo se reúna para lapidar a mi hermano John por cultivar semillas diferentes en un mismo campo?”.

No hay respuesta.

Y para cerrar, le lanza a la doctora Jacobs —ya paralizada por el ridículo— una pregunta que tiene que ver con la palabra divina del Levítico 24:10-16: “¿Puedo quemar a mi madre en una pequeña reunión familiar por usar ropa tejida con dos diferentes tipos de hilo?”.

La escena de The West Wing llega a su final. La cristiana Jacobs no contesta nada, nunca. Delante de su boca sólo flota el silencio.

Cardenal Norberto Rivera, jerarquía católica y demás defensores de la familia hombre-mujer, juro que luché por hallar en la palabra de Dios argumentos válidos de repudio al amor conyugal entre personas del mismo sexo. Casi con rabia me propuse creer en sus ideas, pero después de corroborar capítulo por capítulo, versículo por versículo, las absurdas abominaciones (esta vez sí) de la Biblia citadas por el “presidente Bartlet”, no lo conseguí.

Y entonces, aunque no lo quería, volví a ver en su blanca marcha del sábado a nuestro Ku Klux Klan, embrutecido, siniestro y bíblico.