Ciudad de necios | Acoso y escaleras

“La falta de mantenimiento a las escaleras del Metro no cobró vidas y, afortunadamente, solo hubo dos lesionados”

Necios que no oyen. Necias que se hacen escuchar

Las escaleras parecían endemoniadas. Los gritos de decenas de personas parecían sacados de una pesadilla. Lo que parecía era. Las escaleras eléctricas de la estación de Metro Tacubaya se volvieron locas y corrían de arriba a abajo. Baia, baia, Tacubaya. La gente caía, se encimaba, gritaba. Era para no creer. ¿Estamos viendo lo que parece o parece que estamos viendo?

El video del accidente ocurrido el viernes en la estación de la Línea 9 se volvió viral en las benditas redes sociales. Las autoridades no lo querían creer, es más, ni lo creyeron en un principio, y muy estrictas reaccionaron con desdén. Pero, aunque no querían creer, ocurrió. En el video se observa a los pasajeros reaccionando de inmediato: no parece, es un accidente, así que saquemos a las señoras que se atoran, a los ancianos que van cayendo, ayudemos entre todos. Entre usuarios nos empujaremos, nos mentaremos la madre cuando no permitimos salir antes de entrar, nos gritaremos o rasguñaremos cuando se aprietan los vagones, pero nunca nos dejaremos morir solos. Hay un switch interno que se activa para ayudar al otro en medio de lo increíble.

Pero las autoridades del Metro llegaron tarde con una nota informativa aceptando que lo que vimos ocurrió. Como si ellos fueran quienes deciden qué sí ocurrió y qué no. La falta de mantenimiento a las escaleras del Metro no cobró vidas y, afortunadamente, solo hubo dos lesionados.

Algo sucede con esas autoridades chilangas a las que les cuesta creer lo que ocurre. Primero lo niegan, y cuando la realidad los aplasta, entonces medio actúan. Si eso pasó con unas escaleras, también ocurrió con mujeres que denunciaban en las mismas benditas redes ser acosadas sexualmente, secuestradas o víctimas de un intento de secuestro. Pero nadie les creyó de inicio, y no actuaron sino hasta que aparecieron los testimonios, mapas, rostros, modus operandi, policías y comerciantes cómplices de los secuestradores.

Entonces —baia, baia, Tacubaya—, la realidad los apachurró como cuando las escaleras eléctricas se alocan. Los casos se multiplicaban y los testimonios eran más de los que se esperaban. Es muestra de lo que les ocurre a las mujeres todos los días cuando denuncian acoso o violencia: no les creen. Es un reflejo que en automático las discrimina judicialmente. Horas después de que mujeres hicieran mapas de riesgo de estaciones donde las acosan o intentan secuestrar, de denunciar perfiles en Facebook donde los acosadores comparten las fotos que les toman a escondidas, fue cuando reaccionaron insuficientemente, como dijeron algunas mujeres que organizadas salieron a marchar el 2 de febrero pasado: nadie las protege, los cinco ministerios públicos móviles no son suficientes para todas las estaciones que representan una amenaza y donde no hay un lugar para denunciar. Estamos a tiempo de escucharlas, creerles y convencernos de lo que parece: hay una ciudad feminicida que las acosa, secuestra, abusa sexualmente y asesina.