Plagiar la tesis

La universidad —no importa cuál sea— es un lugar ideal para medir la temperatura de una sociedad. Recuerdo que, cuando yo era estudiante, algunos de mis compañeros se ganaban la vida de formas bastante cuestionables. Estaban los que se dedicaban a falsificar la firma de los profesores, los exámenes o las boletas de calificaciones a cambio de unas monedas, y estaban quienes escribían la tesis de licenciatura a los alumnos con capacidades inferiores o cuya pereza y presupuesto rebasaban la media. Un amigo mío se dedicaba a esto, y por eso sé que no pocos solicitaban sus servicios. A veces no se daba abasto y debía rechazar propuestas, exagerar el precio o bajar la calidad de las tesis, copiando de aquí y de allá trabajos presentados durante los años anteriores.

Aunque se trata de una práctica común, siempre me ha decepcionado descubrir que algún escritor famoso contrató a un “negro” para tal o cual novela, o que tal científico no escribió de su puño y letra la obra que está firmando. Sin embargo, es muchísimo peor cuando lo hace un estudiante. En teoría, una tesis universitaria sirve para aprender a investigar y documentarse a fondo sobre un tema, y exponer de forma clara y bien argumentada nuestras ideas. En pocas palabras, para demostrar nuestras competencias. Me pregunto cómo puede alguien sentirse legítimo ostentando un título de licenciado si no fue capaz de pasar por esta fase fundamental del aprendizaje.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE GUADALUPE NETTEL: LOS DÍAS CONTADOS

Quienes hemos pasado por ello, sabemos que hay pocas cosas tan tediosas como redactar una tesis, aun para los que gustamos de escribir. El lenguaje acartonado, las miles de reglas de estilo y la estructura rígida pueden convertir al tema más apasionante en un fastidio. Una de esas reglas, quizás la más fundamental, consiste en poner comillas o separar con grandes espacios las ideas ajenas que nos sirven de sustento. No hacerlo constituye un delito. Así de simple. Al igual que en el arte o en la música, plagiar es robar y debe sancionarse. En la última década hubo dos casos sonados de plagio en la literatura hispánica: el del escritor peruano Bryce Echenique y el de Sealtiel Alatriste, entonces funcionario de la UNAM, quien fue juzgado y destituido de su cargo. Pese a lo que piensen algunos, plagiar no puede pasarse por alto. “Quien roba un huevo roba una vaca” dice un refrán europeo con el que yo coincido. Y no es la primera vez que sospechamos de nuestro actual presidente. En Alemania, dos ministros, el de defensa y la de educación, tuvieron que renunciar por este mismo motivo. Aplaudo esta decisión. Un ministro y un presidente son ejemplos para una sociedad. ¿Con qué legitimidad puede el Presidente reunirse con la juventud como anunció que hará en los próximos días cuando pesa esta sospecha sobre su rendimiento académico? El asunto desemboca directamente en el tema del famoso fuero de los gobernantes. Resulta patético que para gozar de cierta gobernabilidad, en nuestro país los políticos tengan el derecho extraordinario de delinquir como les dé la gana o, en otras palabras, que la inmunidad se convierta tan frecuentemente en sinónimo de impunidad.

Compartir
Artículo anteriorLa fuerza silenciosa
Artículo siguienteManual de la poetisa Rosario Robles
Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".