Comer con los ojos cerrados

Hay cosas en las que no queremos pensar, aunque las tengamos enfrente. Preferimos, como las avestruces, excavar un hoyo y meter ahí nuestra cabeza, repitiéndonos hasta el cansancio que el problema no existe y que ojos que no ven corazón que no siente. Una de esas cosas es la comida. No tenemos ni idea de lo que ingerimos diariamente. Somos como esos niños a los que les preguntan de dónde vienen los huevos y contestan “del refrigerador”. Estos últimos tiempos, he empezado a preguntarme de dónde sale todo aquello que me llevo a la boca. Llevo una vida entera siendo carnívora y han sido muy pocas las ocasiones en que he sabido a quién me estoy comiendo. No me refiero únicamente a la pregunta que surge ante un taco de suadero o en el puesto de quesadillas con relleno difuso que se pone en la esquina de mi casa, sino al pollo que compro en el supermercado o a la vaca con cuya carne cocinaron mi hamburguesa. ¿Habrá crecido al aire libre o en una granja con las patas enterradas, recibiendo una dosis diaria de hormonas para engordarlo? ¿Qué clase de alimento habrá comido? ¿Maíz y gusanitos o a sus propios congéneres, como ocurre en algunas granjas industriales que reciclan desechos de gallinas para alimentarlas? ¿Habrá sido feliz o habrá acumulado miedo y frustración a lo largo de su vida? Estas preguntas no son tan inocuas como parecen, y tampoco el tipo de muerte que hayan tenido. Si al morir, la vaca secretó adrenalina, yo me la comeré junto con el resto de su carne.

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Las verduras que encontramos en una ensalada también tuvieron una vida anterior al supermercado. ¿Con qué las regaron? ¿Les pusieron pesticidas para que no se llenaran de plagas y de insectos? ¿Quién y en qué condiciones las cosechó? Pero no son éstas las únicas preguntas que conviene hacerse ante un plato de comida. Uno de los componentes que más aparecen en los productos procesados como la Nutella o los cereales de caja es el aceite de palma. Algunas compañías productoras de este aceite son responsables de la tala de bosques enteros, bosques maduros en lugares del mundo de cuya existencia no queremos ni enterarnos, como Indonesia. Al consumirlos, lo veamos o no, estamos participando en esa tala también. Algo semejante ocurre con las latas de conserva recicladas en las villas miseria de Bombay, donde miles de niños las meten con las manos desnudas en aceite candente, dejando literalmente el pellejo cada día a cambio de un par de rupias. La respuesta que llega desde el hoyo de avestruz es la siguiente: “sí, pero yo no puedo hacer nada”. Puedes. Todos podemos. Basta con abrir los ojos antes de comer, y empezar a ver de dónde compras tus alimentos, de dónde provienen, cómo se fabricaron y qué es lo que contienen. Cada día aparecen en la Ciudad de México nuevos viveros y granjas colectivas para quienes ya lo hicieron, con precios mucho más accesibles que los de las tiendas orgánicas para hipsters. Es cuestión de comenzar a pensarlo y de actuar en consecuencia.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".