La iglesia de mi infancia

Cuando contemplo las marchas del Frente Nacional de la Familia y escucho el discurso incendiado de la Arquidiócesis de México en contra de los homosexuales, a quienes se acusa de intolerantes y promotores de una ideología contra la familia, me acuerdo que alguna vez fui católico e iba a misa.

Es domingo por la noche y he decidido regresar a la iglesia de mi infancia, Santa Rosa de Lima, en la colonia Condesa, para acordarme cómo era ser católico. Las puertas de metal verdes de la entrada me transportan a un ámbito infantil y siento la mano de mi madre que me lleva a la iglesia; veo los puestos de buñuelos y pambazos que aparecen en agosto para la celebración de la santa patrona de la parroquia, escucho los somníferos sermones de los padres españoles.

Dejé de ser católico a los 18 años. Fue la primera decisión importante de mi naciente vida adulta, antes que votar o escoger una carrera. Lo decidí mientras estaba precisamente en un retiro espiritual, haciendo un examen de conciencia. Había confesado mis pecados ante un sacerdote y la única absolución posible era arrepentirme y llevar una vida célibe… Al final del retiro, asistí a una misa y decidí que esa iba a ser la última. Abandoné la iglesia y abracé la vida, aunque me condenara en el infierno, una perspectiva que entonces parecía muy real.

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El otro día, la iglesia de Santa Rosa mostraba un renovado esplendor. Un andamio a la mitad de la nave indica que la han estado remodelando. Los dorados ladrillos que adornan las paredes brillaban con el mármol. La madera de las bancas estaba recién barnizada, así como la de los confesionarios. El color de esculturas y altorrelieves vibraba casi vivo.

Pensaba, la verdad, que me iba a encontrar un edificio en decadencia. A pesar de que en la calle caía un aguacero, la iglesia estaba llena y no todos los feligreses eran unos viejos decrépitos, sino que también estaba representada la nueva demografía de la colonia: las parejas jóvenes, personas que tal vez se habían vestido de blanco y marchado un día antes en Reforma, para protestar contra el matrimonio igualitario.

Todo estaba como lo recordaba, como si se hubiera detenido el tiempo. La única novedad era un folletero localizado a la derecha del presbiterio. Estaba lleno de pequeñas piezas editoriales de doctrina cristiana con temas como: “la influencia de la T.V. en la Iglesia Católica en la era electrónica”, “¿Se puede ser católico y masón? o, “La Iglesia de la Luz del Mundo: secta mexicana”. Por su puesto, encontré uno con el tema de moda: “La homosexualidad: criterios morales”: son los mismos criterios de la marcha. “Se está trazando un proyecto sistemático de exaltación y pública de la homosexualidad que […] busca cambiar la legislación para que las uniones homosexuales puedan gozar de los mismos derechos del matrimonio, incluso la adopción”

Veo la fecha de publicación. Dos mil nueve. Eso sí que ha cambiado. Ese proyecto ya ganó. Sólo es cuestión de defenderlo.