El muerto de cada mañana

Un hombre en Japón ataca con un cuchillo a un grupo de personas con discapacidad y mata a quince; en Francia, un grupo toma rehenes en una iglesia y termina degollando a un sacerdote, y en Alemania, un joven de 16 años asesina a nueve personas en un centro comercial.

El macabro recuento es de menos de siete días y es un reflejo del tipo de notas que últimamente nos asalta en las redes y en los medios tradicionales, y que nos deja con una sensación de vulnerabilidad en la que parece que el mundo se ha vuelto cada vez más loco, más violento, más peligroso.

Las preguntas son inevitables: ¿Estamos viviendo un nuevo fenómeno de violencia que estalla por todas partes o simplemente es que ahora estamos poniendo más atención a este tipo de actos?, ¿nos sirve de algo estar expuestos a ese tipo de noticias?, ¿qué efectos tiene la percepción de un mundo amenazante que nos puede atacar en cualquier momento?

El tema es importante, pues por un lado resulta deseable que desarrollemos una conciencia global. Los muertos en Japón, Francia o Alemania no nos deberían ser ajenos.

Pero es preocupante que esa permanente exposición produzca tres fenómenos indeseables: por un lado, una habituación a la violencia, en la que el siguiente ataque ya no nos produzca mayor sorpresa, como de hecho ya nos pasa cuando leemos o escuchamos de atentados en Irak o Afganistán.

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También es de cuidar que ese desfile de ataques que genera la percepción de que no hay lugar seguro en el mundo se vuelva una especie de coartada para la impunidad, donde los propios ciudadanos acepten que cada país lidia con sus propios demonios, sean los terroristas, los ataques xenófobos y homofóbicos o el crimen organizado, lo que sirva como un caldo de cultivo para la resignación.

Y finalmente, que ante la cotidianidad de la violencia global, mejor dejemos de poner atención para no sentir temor, lo que lleve a dejar de exigir soluciones para la violencia más cercana.

Porque claro que muy grave lo que pasa en Marsella, Normandía u Orlando, pero también – y en especial – lo que hoy estamos viviendo en Guanajuato, Colima o Guerrero, en donde la violencia crece y crece, sin que ninguna autoridad parezca especialmente ocupada en hacer algo para cambiar la situación.

El reto de aprender a vivir con un entorno tan convulso sin volvernos indiferentes y sin perder la dimensión de lo que nos toca más cerca y que requiere respuestas, es sin duda uno de los grandes desafíos que nos ha tocado vivir en el México de 2016.