La urgencia de limpiarnos el alma

“¿Sigo siendo periodista si lloro?” Esa pregunta tarde o temprano aparece en los talleres que doy a periodistas sobre cómo cubrir el dolor de la gente y donde he tenido que agregar un espacio para hablar de qué podemos hacer con nuestro propio dolor.

En todo México encuentro periodistas traspasados por la violencia extrema de la que les toca informar. Llevan el horror pegado en las entrañas, lo reviven en pesadillas y, aunque intentan borrarlo, cada tanto se les aparece.

El impacto es generalizado, no importa dónde vivan ni las asignaciones que cubran.

Incluso en el D.F. he encontrado a periodistas, hombres y mujeres, que en sus días de descanso, deprimidos, sólo duermen o beben hasta perderse. Otros que dejaron de salir a la calle por miedo a ser ‘ejecutados’. Algunos tienen listo el testamento. Otros se hicieron adictos a la adrenalina de la narcoguerra, no pueden frenar. Hay quienes dejaron de hablar con su familia por sentirse tóxicos y sufren aislados. O quienes, en trance, en plena balacera, vagaron sin rumbo o quienes reviven la imagen del niño acribillado y en la pesadilla le ponen el rostro de su propio hijo.

En Tamaulipas hay una generación de reporteros que penan en silencio el secuestro y las torturas sufridas en represalia por sus notas (“me tablearon”, dicen con naturalidad, la palabra no condensa la crueldad experimentada). En Veracruz los reporteros han sido advertidos de que deben censurarse, el mensaje lo reciben a través de los cuerpos de colegas asesinados, a veces cortados en pedazos. En Guerrero el impacto por la cobertura de Ayotzinapa quebró en dos a muchos que llevan la impotencia atorada en la garganta. En Juárez apenas comienzan a procesar la rabia atravesada, tanta muerte, tanta impunidad.

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Un día que escuché a un periodista extranjero decir que los colegas mexicanos no respetamos las reglas profesionales porque nos ‘involucramos’ en el conflicto por exigir justicia ante los colegas asesinados o al llorar hablando con madres en busca de sus hijos desaparecidos; le pregunté a manera de respuesta: ”¿Has cubierto una guerra en tu propio país?”. Se quedó en silencio.

Desde hace tiempo, el manual de periodismo que estudiamos en la escuela debería llevar una advertencia: Déjese de usar en casos de emergencia nacional.

En contextos como el mexicano, donde el olor a sangre es una constante y la vida vale poco, la primicia periodística deja de serlo cuando alguien puede ser asesinado, se trabaja en equipo cuando la vida peligra o se previene a los entrevistados de los riesgos que corren al momento de que su historia se hace pública, para que piensen si desean continuar. En situaciones como la mexicana, los periodistas aprendemos a cifrar información y a armar protocolos de seguridad antes de salir a terreno. Y sí, a veces, en los talleres se habla sobre la necesidad de llorar.

Pese a tantos secretos impublicables que llevamos al hombro pocos periodistas buscan terapia pues no pueden confesarse con extraños. En algunas regiones todos los periodistas son víctimas, no hay quién se salve.

En los talleres, cuando comienzan a surgir esas historias que estaban atascadas, aquella culpa que carcome, la vergüenza más enterrada o la inconfesable tristeza, yo reproduzco lo que he escuchado decir a psicólogos y terapeutas. Pero siempre se produce magia cuando mencionamos las cargas y nos escuchamos, cuando nos sentimos reflejados o compartimos remedios. Los pesos van cayendo al piso cuando nos damos cuenta de que muchos sienten lo mismo, que se pueden hacer acuerdos con uno mismo, que aún hay esperanza. Y llorar queda permitido, para limpieza del alma.

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.