El país de Juan Gabriel y Norberto

Manual

Primer disparo
Qué triste fue darles la noticia a nuestras madres y abuelas: “Sí, es en serio, mamá, se murió Juan Gabriel”. Bueno, quién iba a decir que hasta los “machines” de muchas familias estaban deshechos. “Murió del corazón, de qué otra manera podría haber muerto”, decía Gerardo Esquivel.

Para Carlos Monsiváis Juan Gabriel es una institución nacional, hoy una institución mucho más popular y querida que cualquier presidente “moderno” de México, ¿no? Por lo menos al compositor nunca le probaron plagio alguno. Y no hablo de tesis, porque la integridad ética de Juanga no se midió con títulos académicos.

Él fue de esos personajes populares que se mantuvieron cercanos al PRI. Asistió a varios informes de (presunto) gobierno de administraciones priistas. Conversé con él en la toma de protesta de Roberto Borge como mirrey de Quintana Roo. “¿Qué hace usted aquí, don Alberto?”, pregunté. “Pues qué quieres, hay que apoyar al señor, ni modo”, me respondió con una sonrisa mientras caminaba del brazo de Denise de Kalafe. Años antes, en 2000, Juanga destacó en las elecciones presidenciales porque compuso, cantó y bailó uno de jingles de la campaña del priista Francisco Labastida: “Ni Temoc ni Chente, Francisco será el presidente”, coreaban los spots del priista que perdió. ¿Se acuerdan? Inocente pobre amigo.

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Segundo disparo
“La razón de ser de México era crear a Juan Gabriel. Ya podemos clausurar el país.”, escribió Daniel Saldaña París en Twitter. Creo que tiene razón porque un niño abandonado, en la pobreza, sin posibilidad de estudiar, desdeñó el camino fácil del crimen y optó por la senda complicada de trabajar para comer, creó arte, lloró, amó y cantó por un todo un pueblo descorazonado que pide ir al Noa Noa para bailar y sonreír un poco. Juanga nunca fue referente de la lucha por la diversidad sexual. Jamás protestó ante la discriminación de los miembros del sindicato LGBTTTI, anexas y las que se acumulen.

Es más, ahora que Norberto Rivera emprendió la batalla en contra del presidente Peña Nieto y su iniciativa de matrimonio igualitario, Juanga nunca se pronunció a favor de esos derechos. Tampoco es que tenía que hacerlo, pues la homosexualidad no significa activismo. ¿Qué habría pensado Juanga al ver a algunos curas, obispos y al cardenal Norberto Rivera protestando en las calles contra el matrimonio igualitario y no contra la pederastia, la corrupción en la Iglesia o la crisis de derechos humanos, por ejemplo? Pero qué necesidad.

 

Último disparo
Duele perder a un artista de ese tamaño. El país que se queda llorándolo además pagará en septiembre otro gasolinazo y aumento de luz. Es más, horas más tarde del triste anuncio, la Universidad Panamericana aprovechó para decir que Peña Nieto sí había plagiado, pero como sucedió hace un chorro, ya no se podía hacer nada. Y para acabarla de amolar las universidades privadas afines a Norberto declaran la guerra contra el matrimonio igualitario argumentando que provocaría “discriminación regresiva”. ¡Qué idiotez! Parece que Norberto no nació para amar.