El germen Trump

Les dijeron que el dinero era limitado, que había que ser cautelosos, la bonanza no sería para siempre. Les dijeron que la educación pública, gratuita y universal era inalcanzable, concediendo que sólo la tendría aquella persona que pudiera pagar fortunas para obtenerla. Les dijeron que un sistema de salud que aceptara a cualquier persona era una locura, fuera de razones y sustentos, que vivir dignamente era sólo para quienes tenían una cuenta de banco con varios ceros en ella. Les dijeron que había que apretar el cinturón, que tenían que ser responsables, que sabían lo que hacían.

Les dijeron eso, todo eso, y luego fueron y salvaron a los bancos, mimaron a las corporaciones, arroparon a sus amigos, secuestraron al gobierno para su beneficio.

Esta historia no sólo pasó en Estados Unidos. Esta historia la hemos vivido casi todos los países de la región. Es, en todo caso, un mal compartido que nos confirma esto que ya habían denunciado en el movimiento Occupy Wall Street: Existe 1% de la población que acumula la riqueza, las influencias políticas y los medios de comunicación; aplica una estrategia orientada a privatizar las ganancias y a hacer colectivas las pérdidas de sus malos manejos, e impulsa una narrativa que es permisiva si se trata de robar, despojar o trancear si quienes lo hacen ostentan un cargo en trasnacionales.

Hicieron eso, todo eso, y luego fueron y pensaron que no habría consecuencias. Sin darse cuenta de que con sus excesos, ponían en juego a la democracia occidental.

Tuvimos crisis financieras, devaluaciones, más y más deuda. Tuvimos despidos, personas sin seguridad social, un campo atrasado. Tuvimos salarios y pensiones que condenaban a la pobreza. Tuvimos todo, países mostraron su sufrir por años y no fuimos capaces de ver lo que se aproximaba.

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El dolor de estos años, el enojo que se ha acumulado, la pobreza y la desigualdad sembraron el rumbo. Hoy muchas personas en el mundo toman sus decisiones basadas en miedo, odio o hartazgo. El brexit de Reino Unido, el no a la paz en Colombia, las victorias de Le Pen en Francia o la de Trump, por mencionar algunos casos, nos obligan a darnos cuenta de que hoy, más que nunca, la democracia se está jugando su existencia.

Dicho todo esto, es importante que no creamos que lo que sucede es un hecho aislado, un hecho del vecino del Norte, algo que no pasará en México. El germen de la desconfianza hacia la democracia, el desdén hacia la igualdad y libertad, así como la precariedad económica de la mayoría de la población, ponen la mesa dispuesta para una ofensiva contra los cimientos mismos de nuestras comunidades.

Frente a ello, tendremos que actuar. Quienes creemos en la democracia tenemos en la victoria de Trump un banderazo de salida para unir esfuerzos y visiones. Trabajar para ponerle un alto a la élite económica. Votar, participar y denunciar para ponerle un alto a la élite política. Construir lazos de solidaridad entre todas las organizaciones, personas y movimientos que crean fundamental cambiar las circunstancias del país, orientándolo al diálogo, a ganar derechos para las personas y reconocer en la justicia social una agenda impostergable.

El fenómeno de Trump no es endémico de Estados Unidos. Es una gran consecuencia de las exclusiones de nuestro sistema. Si queremos evitarlo todas las manos serán necesarias para construir una democracia donde verdaderamente quepamos.

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Tapatío y Gestor Cultural. Interesado en los movimientos sociales, la Poesía, ciudades democráticas y nuevas maneras de entender y hacer la política. Diputado Independiente en Jalisco.