Emiliano Monge habla sobre La superficie más honda y sus influencias

Galardonado con premios como el Jaén de Novela y el Elena Poniatowska, Monge habla sobre algunos escritores mexicanos que lo han influido

La influencia de Jesús Gardea —creador de un universo enigmático y opresivo, cuya obra marcó a Daniel Sada, Eduardo Antonio Parra y David Toscana, además de a narradores de la generación de 1970 tan relevantes como Yuri Herrera, Julián Hérbert y Daniela Tarazona— sirve como pretexto para explorar la génesis literaria de La superficie más honda, un compendio de once cuentos publicado recientemente por la editorial Random House: “Para mí, Gardea es el escritor mexicano que mejor logró convertir el escenario, el paisaje, en un personaje central de las historias, aunque sólo se trate del lugar donde suceden. Este tratamiento del escenario me obsesiona y he intentado imitarlo mucho en mi escritura. Más allá de lo que podría reconocer como influencia, creo que le debo mucho de mi trabajo a Gardea”.

Al preguntarle qué le interesa más de la obra del narrador chihuahuense, Monge enfatiza en sus cuentos: “Hay una diferencia enorme entre el Gardea cuentista y el Gardea novelista. En una novela, el paisaje no puede ser el personaje. En ‘Los viernes de Lautaro’, el personaje principal no es Lautaro, y tampoco lo es aquello que parece ser el aburrimiento, el paso del tiempo o ese ‘no sucede nada’ del desierto. El personaje principal en ese cuento es la distancia”.

“Sin embargo, no podríamos entender a Gardea sin la presencia de Rulfo. De la misma forma, no podríamos entender a Rulfo sin Efrén Hernández, quien a su vez tampoco sería comprensible de no haber existido la obra de José Guadalupe de Anda”, señala.

“Hay una cordillera de cierta literatura mexicana que me interesa mucho y de la que forman parte escritores como Inés Arredondo, Daniel Sada, así como algunas obras de Elena Garro y Josefina Vicens”.

Para el también autor de Las tierras arrasadas, el caso de José Guadalupe de Anda, un novelista casi secreto en la actualidad, quien fuera reconocido, en su momento, por Juan Rulfo y Alberto Moravia, es particular. “Sin duda fue el mejor de los narradores de la literatura de la Revolución Mexicana. Él entendió una cosa que después determinaría la obra de la mayoría de los escritores de los que hemos platicado. En Los de abajo, de Mariano Azuela, o en cualquier libro de Martín Luis Guzmán, por ejemplo, los personajes son consecuencia de algo. En Los de abajo, hay una frase: ‘Los revolucionarios son hojas llevadas por el viento’, un concepto que José Guadalupe de Anda entiende al revés: para él, el viento son los revolucionarios y los personajes son potencias en sí mismas. No es gratuito que, sin lugar a dudas, fuera el escritor favorito de Rulfo, para quien los personajes también son potencias de la naturaleza y no consecuencias”.

“Es muy fácil entender a los escritores por aquello que los fascinaba. En las cartas que le escribió a su esposa, Clara Aparicio, Rulfo cuenta que, durante un viaje que hizo a Chile, se quedó fascinado con la literatura de María Luisa Bombal, una escritora casi desconocida en México. La amortajada, una de sus obras más celebres, es la historia de una mujer muerta, quien, acostada desde el lugar en el que la están velando, empieza a revisar su vida y a la gente que la está viendo”.

Al preguntarle si “Lo que no pueden decirnos” es un guiño deliberado a la obra de Rulfo, debido a que el silencio se revela como una presencia persistente, afirma que “ese cuento está más cerca de escritores del desierto como Gardea o Sada. Su argumento surgió de un motivo muy particular: tengo un amigo fotógrafo que hizo un registro de pueblos vacíos, los cuales quedaron abandonados debido a la migración. La trama de ‘Lo que no pueden decirnos’ proviene de esas fotografías. Quería hablar de cómo el crimen organizado llegó a algunos pueblos donde queda poca gente, en Nuevo León, y después terminó de violentar, de una forma característica, la realidad de sus habitantes: a través del lenguaje. Me refiero a los lugares donde las personas ya no pueden hablar abiertamente, porque se les imponen castigos al utilizar ciertas palabras. En El Sha o la desmesura del poder, Kapuscinski habla sobre una serie de palabras que dejan de ser usadas, ya que una de cada tres personas es ‘oreja’ del gobierno y, si por ejemplo, cometes el error de decir ‘pescado’, y se interpreta como una alusión al Sha, puedes ser torturado. El momento en el que la violencia empieza a cercenar nuestro medio de comunicación primario, y la herida profunda que deja, es el tema alrededor del cual gira el cuento de tu pregunta”, concluye Monge.

Fotos: Oswaldo Ruiz/ Especiales